EUCARISTÍA, MISTERIO DE LA SAGRADA.

Por: Alberto Meouchi

Es el tercero de los Misterios (i.e. Sacramentos) de la Iniciación Cristiana. Por excelencia es el Misterio de la Comunión católica, es decir, quien no está en comunión con el papa, cabeza visible de la Iglesia, no puede recibirlo. Por ejemplo, el patriarca maronita, inmediatamente después de su elección, su primera acción de gobierno es la de acudir con el romano pontífice para recibir de él la ecclesiastica communio, una ceremonia en donde el papa (o un delegado papal) y el patriarca electo concelebran juntos la santa Misa, y, en el momento de la comunión, el papa toma la patena y el cáliz y se las entrega al nuevo patriarca, éste los recibe y se los devuelve, luego el papa parte la Eucaristía, y una parte la comulga él y la otra la comulgan el nuevo patriarca.


Para la mentalidad maronita hay una unidad conceptual entre Eucaristía e Iglesia, dando la hegemonía a la Eucaristía: es la Eucaristía la que forma a la Iglesia. Ambas son esencialmente realidades primordiales, por lo que comparten los mismos nombres en común como son los de “Comunión”, “Cuerpo de Cristo”, “Sacramento de Salvación”, “Misterio de Fe”. La Eucaristía propicia la caridad dentro de la comunión visible de la Iglesia. Por eso para la teología maronita no puede haber Comunión sin el papa, y no puede haber Eucaristía sin Iglesia.

De este concepto brota que los escritores siríacos supongan una relación directa entre el Bautismo y la Eucaristía, pues el Bautismo incorpora al candidato a la Iglesia, y le permite tener acceso a la Sagrada Eucaristía, que es la causa y la manifestación de esa incorporación. Por ejemplo, san Afraates (ca. † 345) lo expresa así: “cuando su corazón ha sido circuncidado por las malas obras, se procede al Bautismo, la consumación de la verdadera circuncisión; se une al pueblo de Dios y participa en el Cuerpo y la Sangre de Cristo” (Sobre la Pascua, Demostración no. 12); y san Efrén de Nísibe († ca. 373) de esta manera: “una vez que este vientre (i.e. la fuente bautismal) ha dado a luz, el altar los amamanta y los alimenta; sus hijos comen enseguida, no leche, sino pan perfecto” (Himno a la Virginidad, no. 7).

En la liturgia maronita se encuentran muchos simbolismos tanto bíblicos como de tradición que han prefigurado a la Eucaristía. Citemos algunos ejemplos:

- el paralelismo entre el “Fruto de Muerte” que comió Adán (cf. Gn 3, 6) y el “Fruto de Vida” que nos dió Cristo (cf. Jn 6, 48).

- la “Ofrenda del Pan y del Vino de Melquisedec” que prefigura el final de los sacrificios sangrientos (cf. Gn 14, 18).

- la relación entre el “Maná del Cielo” (cf. Ex 16, 4) y el “Pan del Cielo” (cf. Jn 6, 58).

- la “Vaca Roja”: la práctica descrita en el Libro de los Números (cf. Nm 19) donde Dios ordena que una vaca roja sea sacrificada como ofrenda por el pecado y su sangre sea rociada sobre la Tienda de la Reunión. La “Vaca Roja” es el prototipo del futuro Cristo que, a través de su muerte, logrará el perdón de los pecados

- la “Ley Mosaica” que prescribe la ofrenda semanal de los panes de la proposición (cf. Lv 24, 5-9) prefigura el sacrificio incruento de la Eucaristía.

- la “Jarra de Aceite de la Viuda”, que nunca se agotó para dar de comer a la misma viuda, a su hijo y a Elías (cf. I R 17, 8 ss.).

- el “Cuerpo de Eliseo”, que fue el instrumento de Dios para devolver la vida al muchacho muerto, y que por tanto es un tipo que prefigura el Cuerpo vivificante de Cristo (cf. II R 4, 32 ss.).

- la parábola del “Buen Samaritano” (cf. Lc 10, 25-37), en donde el samaritano utiliza el aceite y el vino para tratar las heridas del judío que había sido atacado por los ladrones: el aceite es un símbolo del sello bautismal y el vino simboliza la copa de vino, la cual se convierte en la Sangre de Cristo dada para sanar las heridas de los pecadores.

- el “Carbón Encendido”, con el que el serafín purificó los labios de Isaías (cf. Is 6, 7), representa el poder del Cuerpo de Cristo –la Eucaristía– que purifica los pecados de los pecadores que lo comen.

- la parábola de la “Perla de Gran Valor” (cf. Mt 13,45-46) simboliza la Eucaristía, la “perla vivificante”, por la cual se debe sacrificar todo lo que se tiene para obtenerla. En este tema de la “perla” con relación con la Eucaristía cabe mencionar, además, que existía una antigua leyenda que aseguraba que las perlas se formaban virginalmente a través de la acción de los rayos de luz que penetraban en la ostra.

- el “Viático para el camino”, pues la Eucaristía es vista como el alimento divino para nuestro viaje espiritual.

- la “Levadura que nutre” nuestra desnutrición, ya que la Eucaristía llena al desnutrido con la “levadura” contenida en el Cuerpo de Cristo. Es decir, Cristo, que posee la plenitud y la vida, con su Cuerpo suple nuestra deficiencia y da vida a nuestra mortalidad.

- la “Causa de Caridad”, pues así como hemos recibido el don de la vida inmortal gratuitamente, debemos dar gratuitamente nuestra ayuda generosa a los más necesitados: aquellos que reciben el Cuerpo y la Sangre de Cristo deben dar pan al hambriento y dar de beber al sediento.

- la “Promesa de Inmortalidad”, ya que el poder de la Eucaristía supera el poder de la muerte: “tu Pan mata al devorador [i.e. la muerte] que nos había hecho su pan, tu Cáliz destruye la muerte que nos estaba tragando. Te hemos comido, Señor, te hemos bebido, no para agotarte, sino para vivir por ti” (san Efrén, Himno a la Fe no. 10).

Por otra parte, y considerando que para los escritores siríacos la Encarnación es el clímax del plan de Dios en la creación, san Efrén ve en la humanidad de Cristo el instrumento de salvación, por lo que su mismo Cuerpo con el que sanó a los hombres y resucitó se nos da en forma sacramental para sanarnos e incorporarnos en Él mediante la Iglesia, y para darnos una promesa de su resurrección. Por eso, san Efrén medita a menudo sobre la presencia de lo divino en el pan y en el vino: “en el pan se come una fuerza para no ser comida, y en el vino se bebe una fuerza para no ser bebida…” (Himno a la Fe, no. 6), y establece un hermoso paralelismo entre la acción divina realizada en la Encarnación de Cristo y la que se realiza de su presencia en la Eucaristía. “en el vientre que te llevó estuvieron el Fuego y el Espíritu; el Fuego y el Espíritu estuvieron en el río donde fuiste bautizada; también el Fuego y el Espíritu están en nuestro Bautismo; y en el Pan y en la Cáliz están el Fuego y el Espíritu” (Himno a la Fe, no. 10).

Evidentemente, los padres siríacos fueron sumamente conscientes de que, en la Eucaristía, se trata de un Supremo Misterio que sólo puede ser captado por la fe. San Efrén cree que los ojos espirituales de la fe son capaces de atravesar las sombras y las formas, y llegar a la realidad. Con su talento poético a veces intenta expresar sus puntos de vista teológicos a través del uso de la narración, como lo hizo en una meditación de María sobre Cristo donde escribió: “porque [cuando] veo esta forma externa de Ti frente a mis ojos, la forma oculta se ensombrece en mi mente, oh Santo. En tu forma visible veo a Adán, pero en tu forma oculta veo a tu Padre que está unido a ti. ¿Me has mostrado, entonces, tu única Belleza en dos formas? Dejas que el pan te cubra con su sombra, y también la mente; habitas también en el pan y en aquellos que lo comen. En secreto, y también abiertamente, haz que tu Iglesia te vea, así como que te vio tu Madre. ¡He aquí!, que tu Imagen es ensombrecida en la sangre de las uvas en el pan (i.e. en la tradición maronita se da la comunión por intinción, se moja el pan en el vino); y lo cubre una sombra dentro del corazón con el dedo del amor, con los colores de la fe” (Himno sobre la Navidad, n.º 11).

Aprovechando esta cita en que sea hace alusión de la costumbre maronita de impartir la Comunión por intinción, es decir, mojando el Cuerpo de Cristo con la Sangre de Cristo, comentamos que durante la misa en el momento de la comunión el sacerdote, al dar la Comunión por intinción, le dice al fiel, levantando la Hostia, la siguiente oración: “El Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor Jesucristo, se te dan en remisión de tus pecados y para la vida eterna” (tomado del Misal Maronita).

En referencia a la Eucaristía como Sacrificio, se presenta Cristo como el oferente y la víctima que se ofrece a Dios Padre: “¡Ofrenda agradable que se entregó por nosotros, Víctima propiciatoria que se ofrendó a su Padre, Cordero que se hizo para sí mismo pontífice oferente! Que nuestra súplica, Señor, sea por tu misericordia un incienso que lo ofrecemos por ti a tu Padre. Gloria a ti por siempre” (tomado de la “Oración de la Elevación en la Fracción del Pan” en el Misal Maronita). Y la Sangre derramada en el Gólgota se convierte en la “Medicina de la Vida” para el mundo, y se perpetúa en el Incruento Sacrificio Eucarístico.

En este punto, y considerando que la Eucaristía es el fruto del Sacrificio Redentor de Cristo en la Cruz, y es por tanto el medio divino para el perdón de todos los pueblos, de una vez y para siempre, por la Eucaristía –Sacrificio de Cristo– se obtiene el perdón divino de una vez y para siempre (cf. Hb 7, 27: es el gran acontecimiento del ἐφάπαξ, ephapax). Por eso, en la tradición maronita, así como en la demás Iglesias siríacas, la Eucaristía es también vista como “Perdonadora del Pecado”. Este es el tema que se repite en todas las anáforas de la tradición siríaca, incluso Santiago de Saroug († 521) se refiere al lugar del culto como la “Casa del Perdón” (Beggiani, 2014). Otro ejemplo de ello lo ofrece una antigua homilía siríaca sobre la mujer pecadora del Evangelio (cf. Lc 7,36-50) atribuida a un obispo Juan: “He aquí que está escrito de la pecadora que ella besó solamente los pies de Cristo, pero no está escrito que ella recibió su Cuerpo. Y si los besos de una pecadora, dados con fe, sacudieron y derribaron la fortaleza de sus deudas, cuánto más nosotros mismos, que lo abrazamos con amor y lo recibimos con fe, seremos purificados de nuestras faltas y pecados, y Él responderá a nuestras peticiones” (Sauget, 1975-76). El Misterio de la Eucaristía y el Misterio de la Reconciliación y Penitencia se estrechan mutuamente en la tradición maronita: la Eucarística plenifica el perdón de Dios que emana de la Confesión sacramental. Es decir, al comulgar –habiendo antes obtenido la gracia de Dios en la Confesión sacramental– se le permite al cristiano alcanzar el efecto propiciatorio de la Eucaristía: “santifica, oh Señor Dios, nuestros cuerpos con tu Cuerpo Santo y purifica nuestras almas con tu Sangre Propiciatoria. Que nuestra comunión sea para el perdón de nuestros pecados y para la vida eterna. Señor y Dios nuestro a ti sea la gloria por todos los siglos. Amín.” (tomado de la “Oración de la Invitación a la Comunión” del Misal Maronita).

Una nota interesante es que nunca se puso en duda la Presencia Divina –real y verdadera– en la Eucaristía en las iglesias siríacas que se opusieron a los maronitas con motivo de las crisis cristológicas que los enfrentaron. Esto nos permite entender el respeto a lo divino que envolvió el Misterio Eucarístico en el ambiente en donde los maronitas se desenvolvieron (incluso en medio de terribles persecuciones), y que se vió reflejado en su liturgia. En efecto, los maronitas nunca tuvieron que lidiar con controversias sobre la Eucaristía, por lo que esta verdad de fe se desarrolló de una forma pacífica, libre y espontánea.

La edad en que ordinariamente se da la Primera Comunión a los niños en la Iglesia Maronita es cuando alcanzan el uso de razón (entre los 7-9 años), no de brazos como antiguamente. Se puede recibir frecuentemente (diariamente, por ejemplo), pero una sola vez al día. Se prescribe el ayuno eucarístico de una hora antes sin probar alimentos ni bebidas (a excepción de agua) para las personas sanas, y hay que estar debidamente confesados, es decir en la gracia del Señor (sin conciencia de pecado mortal), para recibir la Eucaristía. Los bautizados que reciben la Eucaristía por primera vez deben haber recibido previamente el misterio de la confirmación, según la costumbre maronita de conservar el orden de recepción de los sacramentos de la iniciación cristiana.

Entre católicos no importa la iglesia sui uris en donde se reciba la Primera Comunión. Por ejemplo, un maronita puede recibir su Primera Comunión de manos de un sacerdote de la Iglesia Latina siguiendo el rito romano, o viceversa. Esta práctica es muy común sobretodo en lugares donde hay maronitas fuera del territorio patriarcal.

Bibliografía:

BEGGIANI, Seely Joseph, Early Syriac Theology with special reference to the Maronite Tradition, Revised Edition, Washington: The Catholic University of America Press, 2014; SAUGET, Joseph-Marie, «Une homélie sur la pécheresse attribute à un évêque Jean» en Parole de l’Orient (Melto dmadnḥo) 6-7, USEK (1975-76), (recuperada en http://documents.irevues.inist.fr/bitstream/handle/2042/35065/po_1975_159.pdf?sequence=1 en 2019).

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Cómo Citar:

MEOUCHI, Alberto. Diccionario Enciclopedico Maronita. Chihuahua, Mexico: iCharbel.editorial (2019). Sitio web: https://www.maronitas.org


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