SINAXARIÓN

DEL CALENDARIO LITÚRGICO MARONITA

b | Febrero 13

SAN MARTÍN EL ERMITAÑO

Nació en Hungría en el año 316, pero sus padres se fueron a vivir a Italia. Era hijo de un veterano del ejército y a los 15 años ya vestía el uniforme militar.
Durante más de 15 siglos ha sido recordado nuestro santo por el hecho que le sucedió siendo joven y estando de militar en Amiens (Francia). Un día de invierno muy frío se encontró por el camino con un pobre hombre que estaba tiritando de frío y a medio vestir. Martín, como no llevaba nada más para regalarle, sacó la espada y dividió en dos partes su manto, y le dio la mitad al pobre. Esa noche vio en sueños que Jesucristo se le presentaba vestido con el
medio manto que él había regalado al pobre y oyó que le decía: "Martín, hoy me cubriste con tu manto".
Ha partir de este tiempo, no piensa ya sino en dejar el mando de sus dos cohortes y entregarse exclusivamente al servicio de Dios. Pensaba que un cristiano no puede derramar la sangre de sus semejantes ni siquiera en la guerra. Llamado por el emperador Constante en 341 con motivo de una invasión de los francos para recibir de su mano una gratificación, la rehúsa, diciendo:
—Hasta ahora he llevado las armas por ti; permíteme que en adelante las lleve por Dios.
—Eres un cobarde—le dijo el emperador, irritado—; dejas la milicia porque tienes miedo al combate de mañana.
—Para que veas que no es ése mi pensamiento—respondió Martín—, mañana me colocaré en la primera línea de combate, y sin armas, en el nombre del Señor, protegido por la señal de la cruz, no por la coraza ni el casco, romperé sin temor por medio del enemigo.
No pudo cumplir su palabra, porque a las pocas horas los francos pedían la paz.
Como Martín sentía un gran deseo de dedicarse a la oración y a la meditación, San Hilario le cedió unas tierras en sitio solitario y allá fue con varios amigos, y fundó el primer convento o monasterio que hubo en Francia. En esa soledad estuvo diez años dedicado a orar, a hacer sacrificios y a estudiar las Sagradas Escrituras. Los habitantes de los alrededores consiguieron por sus oraciones y bendiciones, muchas curaciones y varios prodigios. Cuando después le preguntaban qué profesiones había ejercido respondía: "fui soldado por obligación y por deber, y monje por inclinación y para salvar mi alma".
Un día en el año 371 fue invitado a Tours con el pretexto de que lo necesitaba un enfermo grave, pero era que el pueblo quería elegirlo obispo. Apenas estuvo en la catedral toda la multitud lo
aclamó como obispo de Tours, y por más que él se declarara indigno de recibir ese cargo, lo obligaron a aceptar.
En Tours fundó otro convento y pronto tenía ya 80 mojes. Y los milagros, la predicación, y la piedad del nuevo obispo hicieron desaparecer prontamente el paganismo de esa región, y las conversiones al cristianismo eran de todos los días. A los primeros que convirtió fue a su madre y a sus hermanos que eran paganos.
Un día un antiguo compañero de armas lo criticó diciéndole que era un cobarde por haberse retirado del ejército. Él le contestó: "Con la espada podía vencer a los enemigos materiales. Con la cruz estoy derrotando a los enemigos espirituales".
Recorrió todo el territorio de su diócesis dejando en cada pueblo un sacerdote. Él fue fundador de las parroquias rurales en Francia.
Dice su biógrafo y discípulo, que la gente se admiraba al ver a Martín siempre de buen genio, alegre y amable. Que en su trato empleaba la más exquisita bondad con todos.
Un día en un banquete San Martín tuvo que ofrecer una copa de vino, y la pasó primero a un sacerdote y después sí al emperador, que estaba allí a su lado. Y explicó el por qué: "Es que el emperador tiene potestad sobre lo material, pero al sacerdote Dios le concedió la potestad sobre lo espiritual". Al emperador le agradó aquella explicación.
En los 27 años que fue obispo se ganó el cariño de todo su pueblo, y su caridad era inagotable con los necesitados. Los únicos que no lo querían eran ciertos tipos que querían vivir en paz con sus vicios, pero el santo no los dejaba.
Supo por revelación cuándo le iba a llegar la muerte y comunicó la noticia a sus numerosos discípulos. Estos se reunieron junto a su lecho de enfermo y le suplicaban llorando:
"¿Te alejas padre de nosotros, y nos dejas huérfanos y solos y desamparados?".
Las lágrimas de los suyos parecieron turbarle un momento. Al verlas, no pudo menos de exclamar, llorando él también:
"Señor, si en algo puedo ser útil todavía, no rehuso ni rechazo cualquier trabajo y ocupación que me quieras mandar".
Como yacía de espaldas contra la tierra, sus discípulos quisieron colocarle más cómodamente, pero él se negó, diciendo:
«Dejadme, hijos, mirar al Cielo, para que los ojos vean el camino por donde el alma se va a dirigir hacia su Dios.»
Y continuó, viendo al demonio a su lado:
«¿Qué haces aquí, mala bestia? Nada tuyo encontrarás en mí; voy a ser recibido en el seno de Abraham.»
Cuentan que estas fueron las últimas palabras de aquel hombre extraordinario.

Fuente: http://www.elburgo-burgelu.eus/documentos/12-11-08_San%20Martin%20de%20Tours.pdf

Otros Santos para hoy

B. JORDÁN DE SAXONIA, SACERDOTE DOMINICO

"Os he recomendado la pobreza, la caridad, la humildad para que, a través de estas tres virtudes, alcancéis verdaderas riquezas, placeres y honores con la ayuda de Aquel que es un fuerte apoyo, nuestro Señor Jesucristo." (Carta a la Beata Diana del Andalò)
"Vivir honestamente, amar, enseñar": así resumía fray Jordán su regla de vida, que se convertiría en la de los dominicos, en el surco trazado por el Fundador, que quería que sus frailes "se empeñaran en la oración, la enseñanza y la predicación".

La llamada a la predicación

Nacido en Westfalia, se conoce poco de la vida de Jordán antes de su encuentro con santo Domingo en París en 1219, cuando lo eligió como su confesor y comenzó a estudiar para el diaconado. Al año siguiente tomó el hábito dominicano y se dio a conocer inmediatamente por sus dotes oratorias que se nutrían de la belleza del mensaje evangélico y del amor por la salvación de las almas. Su entusiasmo evangelizador le hizo ganarse inmediatamente el profundo aprecio tanto de los pobres como de los universitarios. Viajó mucho, Fray Jordán, incluso después de ser nombrado Provincial de Lombardía: viajó para participar en los Capítulos, pero sobre todo para proclamar la Palabra de Dios durante 20 años, hasta que sus fuerzas se lo permitieron.

La querida Orden

La fe firme y la vida santa de Fray Jordán atrajo muchas almas a su Orden: en resumen, el número de frailes aumentó de trescientos a cuatro mil y el número de casas de treinta a trescientas. Trabajó para publicar las primeras Constituciones dominicanas, para dar impulso a las misiones y a la administración de los sacramentos y para proteger el derecho a sepultar a los frailes en las iglesias dominicanas. No dejó de defender el carácter universal de la Orden y su independencia frente a las interferencias del clero local; además, fue gracias a él que las monjas dominicas estuvieran también jurídicamente incluidas en la Orden, como había sido la voluntad precisa del Fundador.

En los pasos de Santo Domingo

El hermano Jordán fue alumno de santo Domingo, que lo había elegido como su sucesor. El Beato, aún hasta hoy en día, sigue siendo el más auténtico intérprete de la espiritualidad del Fundador, especialmente por su tiempo dedicado a la oración y la devoción a María. Domingo y Jordán se semejaban mucho por la mansedumbre pues corregían a sus hermanos y hermanas con bondad de corazón más que con rigor y disciplina, los escuchaban, los consolaban y los animaban incluso por carta, cuando no podían estar presenten a su lado. Su espiritualidad era muy sencilla, hecha de unión con Dios e imitación de Cristo, de aceptación de las tribulaciones como instrumento de purificación y meditación de la Pasión de Jesús, sin descuidar el ejercicio de las virtudes cristianas y el don de sí mismos a todos, especialmente a los queridos pobres: "Más vale perder la sotana que la piedad", decía. Hacia el final de su vida Dios le concedió ver el traslado de los restos de santo Domingo a un sepulcro más decente y, al año siguiente, le concedió alegrarse por la canonización de Domingo realizada por el Papa Gregorio IX.

El naufragio en Acre

El barco en el que viajaba al regresar de una peregrinación a Tierra Santa naufragó cerca de Acre, la actual Akkon: al oír la noticia, los frailes de la comunidad local se precipitaron inmediatamente y encontraron el cuerpo exánime de Jordán envuelto en una cruz de luz. Lo sepultaron en su iglesia, pero sus restos fueron dispersados después de la invasión turca. La tradición añade que, precisamente el día en que Jordán murió, la futura Santa Ludgarda tuvo una visión de Jordán en el cielo, entre los Apóstoles y los Profetas.

Fuente: VaticanNews