SINAXARIÓN

DEL CALENDARIO LITÚRGICO MARONITA

c | Marzo 15

SAN BENITO ABAD, PADRE DEL MONACATO OCCIDENTAL († 547)

Sobre San Benito de Nursia
(por el papa Benedicto XVI)

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy voy a hablar de san Benito, fundador del monacato occidental y también patrono de mi pontificado. Comienzo citando una frase de san Gregorio Magno que, refiriéndose a san Benito, dice: «Este hombre de Dios, que brilló sobre esta tierra con tantos milagros, no resplandeció menos por la elocuencia con la que supo exponer su doctrina» (Dial. II, 36). El gran Papa escribió estas palabras en el año 592; el santo monje había muerto cincuenta años antes y todavía seguía vivo en la memoria de la gente y sobre todo en la floreciente Orden religiosa que fundó. San Benito de Nursia, con su vida y su obra, ejerció una influencia fundamental en el desarrollo de la civilización y de la cultura europea.

La fuente más importante sobre su vida es el segundo libro de los Diálogos de san Gregorio Magno. No es una biografía en el sentido clásico. Según las ideas de su época, san Gregorio quiso ilustrar mediante el ejemplo de un hombre concreto —precisamente san Benito— la ascensión a las cumbres de la contemplación, que puede realizar quien se abandona en manos de Dios. Por tanto, nos presenta un modelo de vida humana como ascensión hacia la cumbre de la perfección.

En el libro de los Diálogos, san Gregorio Magno narra también muchos milagros realizados por el santo. También en este caso no quiere simplemente contar algo extraño, sino demostrar cómo Dios, advirtiendo, ayudando e incluso castigando, interviene en las situaciones concretas de la vida del hombre. Quiere mostrar que Dios no es una hipótesis lejana, situada en el origen del mundo, sino que está presente en la vida del hombre, de cada hombre.

Esta perspectiva del «biógrafo» se explica también a la luz del contexto general de su tiempo: entre los siglos V y VI, el mundo sufría una tremenda crisis de valores y de instituciones, provocada por el derrumbamiento del Imperio Romano, por la invasión de los nuevos pueblos y por la decadencia de las costumbres. Al presentar a san Benito como «astro luminoso», san Gregorio quería indicar en esta tremenda situación, precisamente aquí, en esta ciudad de Roma, el camino de salida de la «noche oscura de la historia» (cf. Juan Pablo II, Discurso en la abadía de Montecassino, 18 de mayo de 1979, n. 2: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 27 de mayo de 1979, p. 11).

De hecho, la obra del santo, y en especial su Regla, fueron una auténtica levadura espiritual, que cambió, con el paso de los siglos, mucho más allá de los confines de su patria y de su época, el rostro de Europa, suscitando tras la caída de la unidad política creada por el Imperio Romano una nueva unidad espiritual y cultural, la de la fe cristiana compartida por los pueblos del continente. De este modo nació la realidad que llamamos «Europa».

La fecha del nacimiento de san Benito se sitúa alrededor del año 480. Procedía, según dice san Gregorio de la región de Nursia, ex provincia Nursiae. Sus padres, de clase acomodada, lo enviaron a estudiar a Roma. Él, sin embargo, no se quedó mucho tiempo en la ciudad eterna. Como explicación totalmente creíble, san Gregorio alude al hecho de que al joven Benito le disgustaba el estilo de vida de muchos de sus compañeros de estudios, que vivían de manera disoluta, y no quería caer en los mismos errores. Sólo quería agradar a Dios: «soli Deo placere desiderans» (Dial. II, Prol. 1).

Así, antes de concluir sus estudios, san Benito dejó Roma y se retiró a la soledad de los montes que se encuentran al este de la ciudad eterna. Después de una primera estancia en el pueblo de Effide (hoy Affile), donde se unió durante algún tiempo a una «comunidad religiosa» de monjes, se hizo eremita en la cercana Subiaco. Allí vivió durante tres años, completamente solo, en una gruta que, desde la alta Edad Media, constituye el «corazón» de un monasterio benedictino llamado «Sacro Speco» (Gruta sagrada).

El período que pasó en Subiaco, un tiempo de soledad con Dios, fue para san Benito un momento de maduración. Allí tuvo que soportar y superar las tres tentaciones fundamentales de todo ser humano: la tentación de autoafirmarse y el deseo de ponerse a sí mismo en el centro; la tentación de la sensualidad; y, por último, la tentación de la ira y de la venganza.

San Benito estaba convencido de que sólo después de haber vencido estas tentaciones podía dirigir a los demás palabras útiles para sus situaciones de necesidad. De este modo, tras pacificar su alma, podía controlar plenamente los impulsos de su yo, para ser artífice de paz a su alrededor. Sólo entonces decidió fundar sus primeros monasterios en el valle del Anio, cerca de Subiaco.

En el año 529, san Benito dejó Subiaco para asentarse en Montecassino. Algunos han explicado que este cambio fue una manera de huir de las intrigas de un eclesiástico local envidioso. Pero esta explicación resulta poco convincente, pues su muerte repentina no impulsó a san Benito a regresar (Dial. II, 8). En realidad, tomó esta decisión porque había entrado en una nueva fase de su maduración interior y de su experiencia monástica.

Según san Gregorio Magno, su salida del remoto valle del Anio hacia el monte Cassio —una altura que, dominando la llanura circunstante, es visible desde lejos—, tiene un carácter simbólico: la vida monástica en el ocultamiento tiene una razón de ser, pero un monasterio también tiene una finalidad pública en la vida de la Iglesia y de la sociedad: debe dar visibilidad a la fe como fuerza de vida. De hecho, cuando el 21 de marzo del año 547 san Benito concluyó su vida terrena, dejó con su Regla y con la familia benedictina que fundó, un patrimonio que ha dado frutos a través de los siglos y que los sigue dando en el mundo entero.

En todo el segundo libro de los Diálogos, san Gregorio nos muestra cómo la vida de san Benito estaba inmersa en un clima de oración, fundamento de su existencia. Sin oración no hay experiencia de Dios. Pero la espiritualidad de san Benito no era una interioridad alejada de la realidad. En la inquietud y en el caos de su época, vivía bajo la mirada de Dios y precisamente así nunca perdió de vista los deberes de la vida cotidiana ni al hombre con sus necesidades concretas.

Al contemplar a Dios comprendió la realidad del hombre y su misión. En su Regla se refiere a la vida monástica como «escuela del servicio del Señor» (Prol. 45) y pide a sus monjes que «nada se anteponga a la Obra de Dios» (43, 3), es decir, al Oficio divino o Liturgia de las Horas. Sin embargo, subraya que la oración es, en primer lugar, un acto de escucha (Prol. 9-11), que después debe traducirse en la acción concreta. «El Señor espera que respondamos diariamente con obras a sus santos consejos», afirma (Prol. 35).

Así, la vida del monje se convierte en una simbiosis fecunda entre acción y contemplación «para que en todo sea glorificado Dios» (57, 9). En contraste con una autorrealización fácil y egocéntrica, que hoy con frecuencia se exalta, el compromiso primero e irrenunciable del discípulo de san Benito es la sincera búsqueda de Dios (58, 7) en el camino trazado por Cristo, humilde y obediente (5, 13), a cuyo amor no debe anteponer nada (4, 21; 72, 11), y precisamente así, sirviendo a los demás, se convierte en hombre de servicio y de paz. En el ejercicio de la obediencia vivida con una fe animada por el amor (5, 2), el monje conquista la humildad (5, 1), a la que dedica todo un capítulo de su Regla (7). De este modo, el hombre se configura cada vez más con Cristo y alcanza la auténtica autorrealización como criatura a imagen y semejanza de Dios.

A la obediencia del discípulo debe corresponder la sabiduría del abad, que en el monasterio «hace las veces de Cristo» (2, 2; 63, 13). Su figura, descrita sobre todo en el segundo capítulo de la Regla, con un perfil de belleza espiritual y de compromiso exigente, puede considerarse un autorretrato de san Benito, pues —como escribe san Gregorio Magno— «el santo de ninguna manera podía enseñar algo diferente de lo que vivía» (Dial. II, 36). El abad debe ser un padre tierno y al mismo tiempo un maestro severo (2, 24), un verdadero educador. Aun siendo inflexible contra los vicios, sobre todo está llamado a imitar la ternura del buen Pastor (27, 8), a «servir más que a mandar» (64, 8), y a «enseñar todo lo bueno y lo santo más con obras que con palabras» (2, 12). Para poder decidir con responsabilidad, el abad también debe escuchar «el consejo de los hermanos» (3, 2), porque «muchas veces el Señor revela al más joven lo que es mejor» (3, 3). Esta disposición hace sorprendentemente moderna una Regla escrita hace casi quince siglos. Un hombre de responsabilidad pública, incluso en ámbitos privados, siempre debe saber escuchar y aprender de lo que escucha.

San Benito califica la Regla como «mínima, escrita sólo para el inicio» (73, 8); pero, en realidad, ofrece indicaciones útiles no sólo para los monjes, sino también para todos los que buscan orientación en su camino hacia Dios. Por su moderación, su humanidad y su sobrio discernimiento entre lo esencial y lo secundario en la vida espiritual, ha mantenido su fuerza iluminadora hasta hoy.
Pablo VI, al proclamar el 24 de octubre de 1964 a san Benito patrono de Europa, pretendía reconocer la admirable obra llevada a cabo por el santo a través de la Regla para la formación de la civilización y de la cultura europea. Hoy Europa, recién salida de un siglo herido profundamente por dos guerras mundiales y después del derrumbe de las grandes ideologías que se han revelado trágicas utopías, se encuentra en búsqueda de su propia identidad.

Para crear una unidad nueva y duradera, ciertamente son importantes los instrumentos políticos, económicos y jurídicos, pero es necesario también suscitar una renovación ética y espiritual que se inspire en las raíces cristianas del continente. De lo contrario no se puede reconstruir Europa. Sin esta savia vital, el hombre queda expuesto al peligro de sucumbir a la antigua tentación de querer redimirse por sí mismo, utopía que de diferentes maneras, en la Europa del siglo XX, como puso de relieve el Papa Juan Pablo II, provocó «una regresión sin precedentes en la atormentada historia de la humanidad» (Discurso a la asamblea plenaria del Consejo pontificio para la cultura, 12 de enero de 1990, n. 1: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 28 de enero de 1990, p. 6). Al buscar el verdadero progreso, escuchemos también hoy la Regla de san Benito como una luz para nuestro camino. El gran monje sigue siendo un verdadero maestro que enseña el arte de vivir el verdadero humanismo.

Fuente: http://www.vatican.va/content/benedict-xvi/es/audiences/2008/documents/hf_ben-xvi_aud_20080409.html

Otros Santos para hoy

SAN ZACARÍAS, PAPA († 752) | SAN LUISA DE MARILLAC, CONFUNDADORA DE LAS HIJAS DE LA CARIDAD († 1660)

San Zacarías, papa
Zacarías fue el último Papa griego. Inició su ministerio petrino en 741. Fue un grande mediador y pacificador en un tiempo de tensiones con el Imperio del Oriente y de devastaciones de los Longobardos que saqueaban Italia. Consagró al Rey Pepino el Breve, primera investidura realizada por un Papa.

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Santa Luisa de Marillac
1. De muchos "no" a un solo "sí"

La vida de santa Luisa de Marillac puede encerrarse simbólicamente en este camino. "No" porque fue hija natural de un noble francés y, por ser ilegítima, no tenía derecho a títulos nobiliarios; "no" porque aspiraba a una vida consagrada desde joven, pero su petición de entrar en el convento fue rechazada; "no" porque no se casó por libre elección de amor, sino por convención. Y sin embargo, fueron todos estos "no" los que dieron lugar, en el alma de Luisa, a un "sí" lleno de verdadera convicción y de fuerza, un "sí" revolucionario para la época: el de la caridad femenina activa en el mundo, cercana a los pobres y necesitados, ya no encerrada en claustros y conventos.

2. La llamada vocacional

Nacida en Francia en 1591 de Luigi de Marillac, señor de Ferrières y consejero del Parlamento, la pequeña Luisa nunca conocerá a su verdadera madre. En 1595, su padre se casó en un segundo matrimonio y la niña, de sólo 4 años, fue confiada a las Hermanas Dominicas del Convento de Poissy, donde encontró un ambiente de amor y recibió una buena educación, no sólo humanística, sino también espiritual. De hecho, cuando alcanzó la mayoría de edad, Luisa sintió la llamada vocacional y pidió poder abrazar la vida monástica. Su petición, sin embargo, fue rechazada, debido a que su estado de salud era muy endeble.

3. El matrimonio impuesto

La elección del novio, que fue en realidad impuesta por las convenciones sociales de la época, recayó en Antonio Le Gras, secretario de la familia Medici. La boda se celebró en 1613, Luisa tenía sólo 22 años y poco después se convirtió en la madre del pequeño Miguel. A este punto, la joven madre Luisa sintió una profunda crisis en su corazón: la vida matrimonial no era su verdadera vocación y sufrió terriblemente. A pesar de ello, como esposa fiel y madre ejemplar, se dedicó a la familia con abnegación y espíritu de sacrificio. A pesar de haber cuidado siempre con gran atención a su marido, un día fue sorprendido por una grave enfermedad que lo llevaría a la tumba en 1626.

4. El encuentro iluminante con Vicente de Paúl

El día de Pentecostés de 1623, mientras la futura viuda estaba recogida en oración, Luisa tuvo una especie de clara iluminación: "Comprendí -escribió- que se acercaba el momento en que sí estaría en condiciones de hacer los tres votos de pobreza, castidad y obediencia. Comprendí que tendría que transferirme a otro lugar para poder ayudar a mi prójimo". Al año siguiente, la futura santa conoció a quienes le permitirían poner en práctica su espíritu de ardiente caridad y su entrega total al amor de Dios que la impulsaba: Luisa conoció a Vicente de Paúl. A partir de ese momento, esta "pareja de Dios" permaneció indisolublemente unida por una bella amistad y en nombre del apostolado y del servicio a los últimos , a los excluidos y a los marginados.

5. El nacimiento de las Hijas de la Caridad

Vicente, un sacerdote dinámico y creativo, organizó en París y en los pueblos de alrededor las "Cofradías de la Caridad", compuestas por voluntarias generosas deseosas de ayudar a los más necesitados. Y Vicente confía estas jóvenes voluntarias precisamente a Luisa, para que fueran formadas y acompañadas por ella en todo lo que se refiriese a los servicios materiales y espirituales de los cuales tenían tanta necesidad. Luisa dice "sí" a este proyecto innovador y el 29 de noviembre de 1633 las "Hijas de la Caridad" cobran vida oficialmente, es decir, religiosas consagradas sin clausura, pero que - en palabras de Vicente - "tienen por monasterio las casas de los enfermos, por celda una habitación de alquiler, por capilla la iglesia parroquial, por claustro las calles de la ciudad". Y que tuvieron también por maestra y ejemplo a Luisa de Marillac, quien se dedicó totalmente a la misión de hacer experimentar a estas jóvenes que servir a los pobres era lo mismo que servir a Cristo, porque los pobres y Cristo eran la misma realidad.

6. Servicio humilde y compasivo

El estilo de las "Hijas de la Caridad" será, por lo tanto, el de un servicio humilde, cordial y compasivo. Un servicio que llegará a todas partes: con sus mochilas llenas de comida, ropa y medicinas sobre los hombros, las jóvenes caritativas van a las calles de París, a los suburbios, hospitales, prisiones, campos de batalla y escuelas donde los pequeños aprenden no sólo a escribir y hacer cuentas, sino también a conocer y amar a Dios.

7. «No tengáis ojos ni corazón sino para los pobres».

Por otra parte, Luisa nunca escatimó esfuerzos: en cada gesto, en cada oración, ponía tanta devoción que Vicente de Paúl exclamó: "¡Sólo Dios sabe qué fuerza de ánimo tenga! Pero los años pasaron y las fuerzas de Marillac, que de por sí ya eran precarias, se fueron extinguiendo. A principios de 1660, Luisa advirtió que el fin estaba cerca, pero aún así no dejó de animar a sus Hijas: "No tengáis ojos ni corazón sino para los pobres", recomendó. Su corazón, agotado por la fatiga, dejó de latir el 15 de marzo de 1660. Sin embargo, su obra apostólica no se detuvo y en la actualidad la Compañía de las "Hijas de la Caridad" cuenta con unas 3,000 casas y más de 27,000 hermanas en los cinco continentes.

«Patrona de las obras sociales»

Beatificada por Benedicto XV el 9 de mayo de 1920 y canonizada por Pío XI el 11 de marzo de 1934, Luisa de Marillac fue proclamada por Juan XXIII "Patrona de las obras sociales" el 10 de febrero de 1960. Sus restos descansan en la capilla de la Casa Madre de las "Hijas de la Caridad" en París, y una monumental estatua en su memoria se conserva en la Basílica de san Pedro.

Fuente: VaticanNews