CEDRO DEL LIBANO

Por: Alberto Meouchi

La tradición maronita halla en el Cedro del Líbano un símbolo privilegiado de la Santísima Virgen María; hablar del Cedro del Líbano es hablar de la ܝܳܠܕܰܬ ܐܰܠܳܗܳܐ (yoldat aloho), la Madre de Dios.

Con la emblemática imagen del Cedro del Líbano la Iglesia Maronita alaba la fortaleza y la fidelidad de la Virgen. En efecto, ella, siendo un acabado modelo de fe, de esperanza y de caridad, llena de gracia y de excelsa virtud, se ofrece, al cristiano, como una invitación para imitar su amor a Dios, pues “el justo florecerá como palmera, crecerá como Cedro del Líbano” (Sal 92 [vg 91], 12).

La relación de la Madre de Dios con el Cedro del Líbano nace de una atenta lectura de las Sagradas Escrituras. En el Evangelio de san Lucas se narra que Isabel saludó a la Madre de Dios con la expresión “bendita tú entre las mujeres” (Lc 1, 42). Esta expresión en el Antiguo Testamento se le aplicó a dos mujeres cuya misión era salvar a Israel. La primera fue Yael: “¡Bendita sea entre las mujeres Yael, la esposa de Jéber, el quenita; sea bendita entre todas la mujeres de su tienda!” (Jc 5, 24); y la segunda, Judit: “Ozías entonces dijo a Judit: bendita seas tú de parte de Dios altísimo, hija, por encima de todas la mujeres de la tierra, y bendito sea Dios que creó los cielos y la tierra, que te ha guiado para herir en la cabeza al príncipe de nuestros enemigos” (Jdt 13, 18). Ambas mujeres, como τύπος (tipo) de la Madre de Dios, hieren, hasta la muerte, la cabeza del enemigo de Israel (Yael mató a Sísara, y Judit a Holofernes), haciendo alusión a la profecía del Protoevangelio: “Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo; él te herirá en la cabeza, mientras tú le herías en el talón” (Gn 3, 15). El Mesías esperado es linaje de una mujer, linaje que herirá la cabeza del enemigo que llevó a la perdición a la humanidad. Esa mujer, simbolizada en Yael y Judit, es María, la Madre de Dios, que portó, en su seno, al Redentor.

Siguiendo este mismo contexto bíblico de la Visitación de la Virgen María a santa Isabel, y aludiendo expresamente a María como la bendita entre la mujeres (cf. Lc 1, 42), la perícopa lucana añade que Juan “saltó de gozo” en el seno de su madre (cf. Lc 1, 44), hecho que recuerda –no es coincidencia– los
CEDRO DEL LÍBANO saltos que el rey David hizo cuando acompañó el ingreso del Arca de la Alianza en Jerusalén: “cuando el Arca de la Alianza del Señor estaba entrando en la ciudad de David, Misal, hija de Saúl, estaba mirando por una ventana y vio al rey David saltando y danzando, y lo despreció en su corazón” (1 Cro 15, 29). Estos saltos de gozo se comprenden porque el Arca de la Alianza era el símbolo de la presencia de Dios en su pueblo, una presencia que se manifestaba en la urna de oro que se hallaba en el interior del Arca conteniendo “el maná, la vara de Aarón que había retoñado, y las tablas de la alianza (Hb 9, 4). Por eso, emulando a David, el que está por nacer, Juan, salta de alegría por la presencia de Dios en María, que se convertir en el Arca de la nueva Alianza, pues llevó en su seno a Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre. El Arca de la Alianza será la prefiguración de María, la bendita entre las mujeres, que sustentará la representación del Cedro del Líbano como símbolo mariano.

El Arca de la Alianza la hizo colocar Salomón en el lugar más excelso del Templo, al que llamó “el Santo de los Santos”. Utilizó materiales hermosos, y la madera más preciosa de la zona era la del Cedro del Líbano, y era valiosa no solo por su capacidad de ser ebanistada, sino también por el aromático olor que producía esta fina madera. Además el traslado no fue barato como consta en el convenio que hizo Salomón con Jiram, rey de Tiro: “ahora pues, ordena que corten Cedros del Líbano para mí. Mis siervos acompañarán a los tuyos, y yo te pagaré el jornal de tus siervos tal como lo establezcas, porque tú sabes que no hay entre nosotros quien entienda de cortar árboles como los sidonios […] Mis siervos bajarán desde el Líbano hasta el mar. Yo los transportaré en balsas por mar […] Salomón le entregaba a Jiram veinte mil cargas de trigo de su casa y veinte mil cargas de aceite […] y el reclutamiento llegó a treinta mil hombres. Enviaba alternativamente al Líbano diez mil hombres por mes […] tenía además setenta mil hombres para el transporte […] tres mil trescientos que dirigían a la gente que realizaba la obra […] (1 R 5, 15-30). Una madera de tanto valor nos recuerda el infinito precio de nuestra redención (cf. 1 P 1,19; 1 Co 6, 20; Ef 1, 7; y passim), precio que fue posible pagar por la fidelidad y la correspondencia a la gracia que vivió la Madre de Dios (cf. Lc 1, 38).

La manera en que el Cedro del Líbano acogió al Arca de la Alianza, Arca que contenía los símbolos de la presencia de Dios en su pueblo (cf. Hb 9, 4), se describe así en la historia de Salomón: “recubrió el interior de las paredes del Templo con maderas de Cedro […] en la parte posterior del Templo recubrió veinte codos con madera de Cedro, desde el suelo hasta lo alto de las paredes; y los destinó a camarín o Santo de los Santos […] el Cedro en el interior del Templo tenía bajorrelieves de frutas y guirnaldas de flores. Era todo Cedro sin que se viera la piedra […] el Santo de los Santos era de veinte codos de largo, veinte de ancho y veinte de alto, y lo recubrió de oro puro. El altar, en cambio, lo hizo de Cedro” (1 R 6, 14-20).
Este espacio privilegiado, hecho de madera de Cedro, para la custodia del Arca de la Alianza, hace comprender, después de la larga secuencia que hemos explicado, el porqué el Cedro del Líbano es el símbolo excelso y representativo de alguien ya figurada y anunciada en el Antiguo Testamento, prefiguración cumplida en el Nuevo Testamento: la Madre de Dios.

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Cómo Citar:

MEOUCHI, Alberto. Diccionario Enciclopedico Maronita. Chihuahua, Mexico: iCharbel.editorial (2019). Sitio web: https://www.maronitas.org


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