KAFNO (ܟܰܦܢܳܐ)

Autor: Alberto Meouchi

El Kafno (ܟܰܦܢܳܐ, palabra en arameo que se traduce como “inanición”, “hambruna”, “carestía”, "hambre") fue una gran hambruna que padeció el Líbano entre 1915 y 1918 durante la Primera Guerra Mundial, y que mató a más de la mitad de la población libanesa.

La causa atribuida a factores dispares que desafortunadamente coincidieron en un mismo momento, como fueron el bloqueo marítimo de los aliados, el asedio terrestre otomano y la plaga de langostas que invadió el país, no son suficientes para llegar a la raíz verdadera de la hambruna, pues está documentado que, en 1916, fueron destruidos y quemados ex profeso, por el pashá otomano Ahmed Cemal (1872-1922) el “sanguinario”, los más importantes depósitos de trigo con que se contaba para soportar la situación.

 

Además, lo franceses, rechazando su responsabilidad, decían que la mayoría de los cereales y otros alimentos provenían de la Beqaa y el Hauran y que las importaciones marítimas eran muy pequeñas, negando las causas reales que agravaron la hambruna. Los hechos apuntan a que fue una hambruna deseada e inducida. Fue buscada, planeada, organizada y ejecutada con meticulosidad. Por lo que, con los avances de las investigaciones históricas, se le ha comenzado a dar el adjetivo de genocidio.

Todo comenzó con la abolición, en 1914, de las capitulaciones firmadas en el Protocolo de Perea (Turquía, 1861) por la Comisión Europea (conformada por Austria Francia, Inglaterra, Prusia y Rusia) que dio lugar al Reglamento Orgánico entre los poderes cristianos y los otomanos, que garantizaban la seguridad de los cristianos del imperio. Luego se suprimió la autonomía del Monte Líbano. A partir de entonces, comenzarían una serie de severas medidas que abrirían inexorablemente las puertas a la catástrofe humanitaria. El ministro de guerra otomano, el pashá Ismail Enver (1881–1922), delegó al ministro de marina el citado pashá Ahmed Cemal la consigna de exterminar a los cristianos del imperio. Tan crueles y draconianos fueron sus métodos que de ahí nació su apodo de “el sanguinario”.

Ahmed Cemal, un hombre inteligente, sanguinario y maquiavélico, previó no repetir el error de las masacres de 1860 en el Líbano, ni mucho menos utilizar la violencia como lo hizo con los armenios (ցեղասպանություն, tseghaspanutyun, en armenio “genocido” entre 1914-1923) o con los asirios caldeos (ܣܰܝܦܳܐ, sayfo, en arameo “espada”; entre 1914-1924), pues se encontraba bajo la mirada de los franceses. Bien recordaba que las masacres de 1860 dieron como resultado la intervención militar de las tropas de Napoleón III (1808-1873) y la restauración de la autonomía libanesa garantizada por las cinco potencias de la Comisión Europea. Ahora en el Monte Líbano era necesario, pues, proceder de manera diferente en relación con las otras regiones cristianas del imperio.

La estrategia sería aislar la región de forma “diplomática”, luego de forma física y, finalmente, con un bloqueo de alimentos. Para lograr su objetivo decretó una censura general a los maronitas y a los misioneros presentes en el Líbano que atendían a las parroquias, los monasterios y las escuelas. Los bienes y lugares eclesiásticos fueron requisados y convertidos en cuarteles o depósitos militares. Expulsados los misioneros extranjeros ya no podrían servir como testigos y observadores. Como cabezas quedaron solo los obispos maronitas, algunos rumanos (griegos ortodoxos) y melquitas. Los más activos fueron exiliados, pero otros fueron trasladados a tribunales marciales y ahorcados.

Cortándose toda comunicación con el exterior, el genocidio podría seguir su curso. Ahmed Cemal expropió todo el trigo, el queroseno, los animales de carga, las aves y el ganado. En 1916, los soldados otomanos devastaron plantaciones, huertos y bosques. Las colinas del Líbano quedaron completamente taladas con el pretexto de repostar los trenes de carbón; las viejas fotos sepia del Líbano que se conservan muestran esa regiones desoladas, aunque hoy, gracias a Dios, han vuelto a estar cubiertas de bosques. Toda clase de cereales fueron incautados con el pretexto de la necesidad  militar. Y, sin embargo, cada vez que los otomanos no podían llevarse las cantidades disponibles, los incendiaban. Se suprimió el acceso a los materiales de construcción, a la madera e incluso a las entradas de los bosques. Los cristianos que morían de hambre, y que ya habían vendido sus muebles y luego sus ropas, terminaron vendiendo las vigas de sus casas para comer. Los techos se derrumbaron y las familias se encontraron en la calle y sin nada en el cuerpo. Esqueletos vivos vagaban aquí y allá entre el lodo y la nieve. Los vivos apenas se distinguían de los muertos; las fotografías que aún existen así lo atestiguan. Camiones arrojaban en las fosas comunes un promedio de cien cuerpos al día en la ciudad de Beirut. En estas condiciones –con gripa, desnutrición, falta de alimento y sin higiene–, las epidemias se hicieron presentes: el tifus, el cólera, la peste y otras enfermedades se agregaron a las desgracias de los libaneses.

Aquí es donde la maldad otomana llegó a probarse a sí misma, pues las farmacias fueron vaciadas y los médicos secuestrados con el pretexto perenne de “para las necesidades de la tropa”. La crueldad del invasor no tuvo límites.

Los correos diplomáticos entre las cancillerías occidentales abundan respecto a estas macabras acciones. Los padres jesuitas denunciaron el crimen describiéndolo como “la raíz del genocidio armenio”. El embajador francés en El Cairo, Jules-Albert Defrange (1860-1936), mandó un  comunicado al secretario de estado norteamericano William Jennings Bryan (1860-1925) inquietado por la situación. Este último compartió la información y noticias alarmantes con Camille Barrère (fl. 1898-1924), embajador de Francia en Roma y con la Santa Sede (16 de mayo de 1916). Hay correspondencia diplomática también dirigida a Alfonso XIII, rey de España (fl. 1886-1931). Las atrocidades se describen, en todas estas cartas, con mucha preocupación, pero la conclusión a que llegaban en ellas era que una intervención militar en el Medio Oriente sería fatal para los cristianos en el Líbano, pues consideraban que podría empujar a los otomanos a acelerar su trabajo de aniquilación. Así que optaron por mandar alimentos, pero la ayuda alimentaria fue sistemáticamente confiscada y desviada por los otomanos.

Se acordó, entonces, enviar ayuda financiera, especialmente en monedas de oro, al patriarcado maronita. La Isla de Ruad (o Arwad), perteneciente a Siria, estaba en poder de los franceses bajo el mando de Albert Trabaud (1872-1935), y desde ahí transportaron a Jounieh la ayuda por la noche para no ser delatados. La primera parte del envío se realizó en un bote, pero la segunda terminó llevada en natación. El oro fue entregado a los enviados del patriarca maronita Elías Pedro Hoayek (fl. 1898–1931). Las sumas recolectadas en Bkerke se utilizaron inmediatamente para comprar alimentos y distribuirlos entre las víctimas de la Kafno.

De una población libanesa cercana a los 450,000 habitantes, aproximadamente 220,000 murieron, y la mitad de los sobrevivientes tomaron el caminos del exilio, por lo que en el Líbano descendió la población a unos 120,000 habitantes. Albert Trabaud, consciente de que las víctimas inocentes y desarmadas sufrían por ser cristianas, hizo todo lo posible por paliar la situación. Sus esfuerzos quedarán en la memoria de los pocos sobrevivientes de la hambruna, pero nada más, pues este peculiar genocidio ha sido pocas veces recordado –“el mariscal Foch ha dicho que «un pueblo sin memoria es un pueblo sin futuro» […] Elie Wiesel, sobreviviente de Auschwitz, escribió: «El genocidio mata dos veces, la segunda por silencio»” (Boustany, 2014)”–, a pesar de ser una de las más terribles, sino es la que más, desgracias libanesas del siglo XX. Convendrá, entonces recordarla para evitar masacres similares, honrar a sus mártires, agradecer a sus defensores, y abrir el corazón al perdón cristiano.

 

Bibliografía | Bibliography: BOUSTANY, Antoine Luft Allah, Histoire de la Grande Famine au Mont-Liban (1915-1918): Une Génocide Passé Sous Silence, Liban: Chemaly & Chemaly Printing Press, 2014; ISKANDAR, Armine Jules, «Kafno», L’Orient Le Jour, Dimanche 6 octobre 2019 (Recuperado de https://www.lorientlejour.com/article/1170291/kafno.html en 2019).

Cómo citar | How to Cite:

MEOUCHI, Alberto. «Kafno (ܟܰܦܢܳܐ)», en Diccionario Enciclopedico Maronita. Chihuahua, Mexico: iCharbel.editorial (2019) 10-12.  Sitio web: https://www.maronitas.org/kafno