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Judíos y cristianos del Levante (2/2)

  • hace 1 hora
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Las presiones arabistas ejercidas sobre Beirut en el siglo XX contribuyeron a deslegitimar a Israel. La mera mención de su nombre puede dar lugar a una detención en el País del Cedro. Así, esta segunda ruptura —moderna— se sumó a la primera, provocada por la doctrina de la sustitución.


©Ici Beyrouth
©Ici Beyrouth

Por Dr. Amine Jules Iskandar

Syriac Maronite Union-Tur Levnon

Asociado de maronitas.org

Escrito para Ici Beyrouth

Publicado el 16 de mayo de 2026


Fue hacia el final de la época otomana, en el siglo XIX, cuando se desarrolló la estrategia de debilitamiento de los cristianos basada en su aislamiento, en particular mediante su distanciamiento de Europa.


Fue hacia el final de la época otomana, en el siglo XIX, cuando se desarrolló la estrategia de debilitamiento de los cristianos basada en su aislamiento, en particular mediante su distanciamiento de Europa.


La segunda ruptura


Este principio del «espantapájaros» fue retomado en el siglo XX por las corrientes arabistas con el fin de seguir amordazando una libertad que, sin embargo, era vital para el Líbano. Israel sustituyó a Francia en ese papel, pero el concepto siguió siendo el mismo: se basaba en el aislamiento, el debilitamiento y una forma de terror intelectual.


Mientras otras sociedades evolucionaban y se abrían al mundo, los libaneses buscaban la libertad en el exilio. Ya en 1863, el primer periódico hebreo del Levante se llamaba HaLevanon («El Líbano»), mientras que las presiones arabistas ejercidas sobre Beirut en el siglo XX contribuían a deslegitimar a Israel. Así, mientras que incluso las simples lecciones de gramática hebrea recurren a textos que evocan la belleza del Líbano, la mera mención de Israel puede acarrear un arresto en el país del Cedro.


Esta segunda ruptura —moderna— se sumó a la primera, provocada por la doctrina de la sustitución.


No podemos sino constatar una relación entre el desarraigo y el antisemitismo. A principios del siglo XVIII, cuando el arzobispo maronita de Alepo, Germanos Farhat, se desplazó al Líbano con el objetivo de arabizar a los maronitas, declaró haberse sentido profundamente escandalizado por su convivencia y su amistad con los judíos del Monte Líbano. Así surgía una divergencia fundamental de apreciación entre este clérigo araboparlante de Alepo y los maronitas libaneses de cultura siríaca. Sus lecturas diferían, al igual que el léxico de sus oraciones y, sobre todo, su conciencia identitaria, estrechamente ligada a su lengua literaria.


Este fenómeno, inicialmente cultural, adquirió en el siglo XX una dimensión política con el surgimiento del panarabismo, exacerbado por la creación del Estado de Israel. El antisemitismo en Oriente pasó entonces a ser obra de dhimmis que buscaban manifestar su fidelidad a la causa árabe. Así, el arabismo y el antisemitismo evolucionaron de la mano, a los que pronto se sumaron diversas formas de islamismo y de dhimmitud.


La ideología arabista


Si la arabización lingüística de los maronitas fue obra de Germanos Farhat, su arabización política corrió a cargo del padre Youakim Moubarac (1914-1995). Paul Saade ha puesto de relieve la correspondencia entre el arabismo y el antisemitismo en este clérigo. Moubarac, escribe, se volcó, es cierto, en el patrimonio siríaco tras su decepción ante las masacres cometidas por los palestinos, cuya causa había defendido constantemente. Sin embargo, no abandonó la ideología de la arabidad, que siguió percibiendo como un medio para liberarse de la Ley.


El antisemitismo y el desarraigo parecen, por tanto, inseparables: Moubarac comparó constantemente el sionismo con las cruzadas, a las que calificaba de catástrofe. Esta percepción de las cruzadas como un mal absoluto contradice toda la tradición historiográfica siríaca, en particular la de Miguel el Grande y Gregorio Bar Hebraeus, así como la postura del gran patriarca maronita Esteban Douaihy.


Para Moubarac, arabista y especialista en islam, los males de Oriente se deben a un Occidente incapaz de abrirse al islam. Atribuye esta incapacidad, sobre todo, a la influencia que considera nociva del sionismo y del «judeocristianismo».


La Dhimmitud


Georges Corm (1940-2024), nacionalista árabe y discípulo de Youakim Moubarac, también dirige sus críticas hacia Occidente. Paul Saade les concede a él y a Moubarac un lugar especial para ilustrar el proceso de desarraigo que conduce a la dhimmitud y al antisemitismo.


Al igual que Moubarac, Georges Corm aboga por un retorno a una supuesta pureza original del cristianismo, rechaza el concepto de «judeocristianismo» y establece una oposición radical entre el judaísmo y el cristianismo, siguiendo la línea de la doctrina herética del marcionismo. Sin embargo, esta búsqueda no es, en realidad, más que una búsqueda de la pureza original de la arabidad. Para alcanzar lo que él considera la autenticidad, recomienda acentuar las diferencias con el cristianismo occidental, con Occidente mismo y con todo el legado anterior a la llegada de los árabes al Levante.


De este modo, describe a Occidente como intrínsecamente imperialista, colonialista y conspirativo, en consonancia con los esquemas ideológicos de los movimientos arabistas e islamistas. Su rechazo al sionismo se inscribe, por tanto, en un rechazo más amplio de Occidente, lo que refleja una forma de odio hacia uno mismo y una voluntad de disolverse en el conjunto árabe-musulmán.


Lo característico de toda ideología es su tendencia al totalitarismo. Se opone, en esencia, a los valores del judaísmo y el cristianismo, basados en el cuestionamiento y la espera de la revelación y el desvelamiento. Toda ideología —desde el nazismo de ayer hasta el «wokismo» de hoy— implica un rechazo del legado judeocristiano. El arabismo no es una excepción a esta regla. Como escribe Paul Saade, quienes atacan al judaísmo apuntan al cristianismo.

El desarraigo


El arraigo es el mejor remedio contra las ideologías. Alasdair MacIntyre destaca que la fe, la moral y la racionalidad siempre están arraigadas en una tradición viva. Destruir la lengua y reescribir la historia equivale a desactivar esos mecanismos de defensa cultural y a inhibir la inmunidad social.


Moubarac solo puede disociar los dos Testamentos en el seno de una sociedad desarraigada, que ya no lee a los Padres Siríacos como san Efrén y san Jacobo de Sarug. Para este último, en efecto, «la continuidad con el Antiguo Testamento es fundamental. Expresa la continuidad más profunda entre la acción del Hijo y la del Padre», como subraya Tanios Bou Mansour.


Este especialista en los Padres Siríacos destaca esta dimensión esencial basándose en un himno de san Efrén, en el que se evocan las tres arpas que son el Antiguo Testamento, el Nuevo Testamento y la Naturaleza. Según san Efrén, la Iglesia es su fruto y su hija, incapaz de renegar de ellos sin renegar de sí misma:


Tu dedo [Iglesia] toca el arpa de Moisés,

De nuestro Salvador y de la Naturaleza;

Tu fe canta a los tres,

Pues los tres te han bautizado.

Con un solo nombre, no habrías podido ser bautizada.


No hay bautismo sin la palabra de Cristo, sin la naturaleza ni sin el Libro de los Judíos, según san Efrén, quien fundó, en el siglo IV, lo que constituiría el núcleo de la Iglesia Maronita.


Para leer el texto original en francés: Juifs et chrétiens du Levant (2/2)

 
 
 

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