PENTHOS (πενθος)

Por: Alberto Meouchi

La palabra de origen griego πενθος (pénthos, “aflicción” | tiene la misma raíz de πάθος pathos, “padecer”, i.e. la raíz: πάθειν pathein, “sufrir”) se aplica en la teología maronita para describir el“Don de Lágrimas”
Este don se respalda en el texto neotestamentario de la segunda bienaventuranza: “Bienaventurados los que lloran…” (Mt 5, 4), y abundó su reflexión en las meditaciones de los ejercicios espirituales de los monjes y ascetas siríacos a partir del siglo IV, aunque no es exclusivo de ellos.

San Juan Clímaco de Siria (ca. 575 - ca. 649), por ejemplo, dedicó un capítulo completo de su célebre obra “La Escalera del Divino Ascenso” (Cap. V: Séptimo Escalón: de la aflicción purificadora) a este tema. Más adelante san Isaac de Nínive o Isaac de Siria (ca. 640 - ca. 700) en su colección de discursos titulados Liber de contemplu mundi afirma que las “lágrimas son el signo de tu acercamiento a los confines de la región de los Misterios” (Colección I, 14).

Un escritor que dedicó particular atención a este tema fue san Simeón el Nuevo Teólogo (949-1022), quien se enteró del Don de Lágrimas al leer a san Juan Clímaco por instancia de su mentor san Simeón Estudia (fl. 975). Aunque este autor no influyó en la espiritualidad maronita, sus escritos traen muchos elementos que vivieron los maronitas, pues bebieron de las mismas fuentes en relación al πενθος (pénthos).

Las lágrimas de Jesucristo (vgr.: lloró por la muerte de su amigo Lázaro, cf. Jn 11, 33-35; y al contemplar la ciudad de Jerusalén, cf. Lc. 19, 41) contextualizan al Don de Lágrimas, puesto que el fruto de este don es la purificación del alma ante el pecado del hombre y ante la muerte: por el pecado entró la muerte al mundo (cf. Rom 5, 12).

El pecado, destrucción de la creación y del hombre, arrastra a la muerte. Pero para liberarnos del pecado es necesaria la μετανοια (metanoia, “el arrepentimiento”). En este sentido, todo creyente está capacitado para llorar. Solo hace falta desearlo. En efecto, a través de la lágrimas, el arrepentimiento se manifiesta sincero. Por eso las lágrimas no son un evento, sino que acompañan al hombre toda su vida, puso que de continuo peca, por lo que siempre requerirá del arrepentimiento. De ahí se entiende que el arrepentimiento no es una etapa sino un camino hacia la santidad.

La liturgia maronita lo expresa al inicio de la cuaresma, en el Lunes de Ceniza, con elocuentes frases: “De corazón quisiera tu perdón, Señor. Ven a mí mientras aún tenga tiempo yo, lágrima dame para pedirte perdón. Alcánzame misericordia , oh Señor” (Qolo, melodía Bo’uto dmor ya’cub, de la bendición e imposición de las santas Cenizas).

El arrepentimiento produce un dolor por los pecados cometidos –y viceversa–, de ahí brotan las lágrimas que se identificarán, entonces con el πενθος (pénthos), la aflicción: ¿cómo no estar afligidos si ofendimos a quien nos amó y no dejó de amarnos?, ¿cómo no llorar al sentir nostalgia por el paraíso que perdimos a consecuencia del pecado?. San Pablo lo explica muy claro: “porque su tristeza los movió a penitencia… porque la tristeza según Dios produce un arrepentimiento saludable” (2 Co 7, 9b. 10a).

Esta aflicción encuentra su lugar en la Cruz del Redentor, y hace comprender el porqué del sufrimiento de Cristo. Es la Pasión de Cristo lo que suscita las lágrimas, el πενθος. Y aquí las lágrimas se funden con el amor. La medida del sufrimiento la da el amor. Porque se ama, se llora. En este sentido las lágrimas son como el agua: es capaz de apagar el fuego del pecado, pero es también capaz de limpiarlo.

Las lágrimas están presente al nacer (es el llanto del niño recién sale del vientre de su madre) y al morir (es el llanto por la pérdida del ser amado). Para la espiritualidad maronita el Don de Lágrimas es, por ello, el deseo ansioso de la Segunda Venida de Cristo: “los padecimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria futura que se ha de manifestar en nosotros. En efecto, la espera ansiosa de la creación anhela la manifestación de los hijos de Dios” (Rom 8, 18-18), y a causa de ello lloramos en este mundo, por lo que el Don de Lágrimas es una bendición que nos hace comprender esta realidad. De ahí que el Don de Lágrimas, produzca virtud, y renueven el bautismo.

Para la espiritualidad maronita el Don de Lágrimas comienza cuando la voz se acalla y el corazón se expresa sin palabras. Y ve en María a la primera en poseer en plenitud este don: “y su madre guardaba todas estas cosas en su corazón” (Lc 2, 51b).

El silencio de las lágrimas abren el corazón a Dios y al prójimo. Pues las lágrimas no solo purifican (p. ej., san Pedro: “y salió afuera y lloró amargamente”, Mt 26, 75b)., sino también evangelizan (p. ej., san Pablo: “les hablo ahora llorando”, Flp 3, 18).

Las lágrimas finalmente iluminan, pues dan la luz para conocer el camino que conduce a Dios: “de nuevo dijo Jesús: Yo soy la luz el mundo” (Jn 8, 12), palabras providencialmente dichas inmediatamente después del episodio de la mujer adúltera que estaba apunto de ser lapidada y que Jesús salvó y perdón (cf. Jn 8, 1-11).

Bibliografía:

Chialá, Sabino et al., Simeone il nuovo teologo e il monachesimo a Costantinopoli, Italia: Qiqajon, 2003; CHRYSSAVGIS, John, John Climacus: From the Egyptian Desert to the Sinaite Mountain, USA: Routledge, 2018; HAUSHERR, Irenee, Penthos: The Doctrine of Compunction in the Christian East, USA: Cistercian Publications , 1982; VERGANI, Emidio et al., La tradizione cristiana siro-occidentale (V-VII secolo), Italia: Centro Ambrosiano, 2007.

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Cómo Citar:

MEOUCHI, Alberto. Diccionario Enciclopedico Maronita. Chihuahua, Mexico: iCharbel.editorial (2019). Sitio web: https://www.maronitas.org

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