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LA LENGUA EN LA FORMACIÓN DE LOS ESTADOS NACIONALES

Actualizado: 9 jun 2021

Publicación y traducción al español por Maronitas.org con autorización y cortesía de Tur Levnon.


Por: Dr. Amine Jules Iskandar

Syriac Maronite Union-Tur Levnon

Asociado de maronitas.org

 

Libro de texto fechado en 1913 (justo antes de la Gran Guerra que acabó con la autonomía del Monte Líbano).
Sacerdote maronita enseñando siríaco a niños y niñas.

El libanés actual es un dialecto del siríaco, que era la lengua que se enseñaba en nuestras escuelas del Monte Líbano hasta los años cuarenta.


Numerosas organizaciones y parroquias maronitas se esfuerzan hoy por hacer renacer el siríaco, en un momento en el que el Líbano se encuentra en una situación de vulnerabilidad existencial.


¿Por qué la lengua es un ingrediente tan importante en la elaboración y construcción de una Nación?


La génesis del concepto de cultura, en relación con la identidad de los pueblos, comenzó principalmente a finales del siglo XVIII y evolucionó durante el siglo XIX con los filósofos románticos alemanes. Estos desarrollaron la noción de «nacionalismo». Las figuras más destacadas fueron Friedrich Hegel (1770-1831), Martin Heidegger (1889-1976), Carl Schmitt (1888-1985), y una versión francesa con Jules Michelet (1798-1874) y Ernest Renan (1823-1892) que dieron una conferencia en 1882 titulada «¿Qué es una nación?» (Qu'est-ce qu'une Nation?).


La literatura francesa ayudó a difundir estas ideas al resto de Europa y más allá. Llegó a los Balcanes, a Rusia e, incluso, al Líbano hasta Armenia. La difusión a gran escala de este concepto de «Estado-Nación» en el mundo occidental definió su morfología política basada en sus culturas nacionales. Para ello, es importante describir esta filosofía tal y como la desarrolló el movimiento romántico alemán.


Lingüística


El filósofo sueco Emanuel Swedenborg fue uno de los primeros en inspirar a varios filósofos alemanes dentro del movimiento romántico. En 1771 escribió:


«Alemania está dividida en más gobiernos que los reinos vecinos (...). Sin embargo, un genio común prevalece en todas partes entre los pueblos que hablan el mismo idioma» (La Verdadera Religión Cristiana).

Esta descripción nos ayuda a notar la íntima relación que existe entre la lengua y la identidad. Incluso cuando un país no está unido políticamente, la lengua puede convertirse en el cemento que lo une todo.


A partir de esta observación, resultaba tentador explorar la relación entre la lengua y la identidad. Este enfoque fue apoyado por primera vez en Alemania por Johann Gottfried von Herder (1744 - 1803). Consideraba que sólo se puede pensar si se tiene una lengua. Para él, el esfuerzo de las personas y su mentalidad están íntimamente relacionados con la lengua. Las necesidades, las creencias y las aspiraciones se unen a la cultura. En ese sentido, la lengua se revela como el soporte focal y el ingrediente principal de la identidad.


Lingüística y Nación


Profundizando en esta concepción, otro alemán, Johann Gottlieb Fichte (1762-1814), la asoció a la idea de «Nación». Consideró la lengua como el componente más importante para la especificidad cultural y, por lo tanto, para la nación. Fundamentó el concepto de «Estado-Nación» con base en la cultura y expresado por la lengua.


Su enfoque nacionalista fue consciente e intencionado, ya que su trabajo sobre el renacimiento espiritual en Prusia tenía como objetivo oponerse a la hegemonía de Napoleón Bonaparte. De ahí que el Volkstum (o Cultura Nacional) se iniciara en Alemania como una forma de resistir a la supremacía francesa. Este Volkstum puede considerarse hoy en día como una de las armas de resistencia más eficaces para cualquier país sometido a una amenaza existencial.


Johann Gottlieb Fichte expresó la unidad de la lengua y la nación en 1806, en sus «Discursos a la Nación Alemana». Dijo:

«Los límites primeros, originales y verdaderamente naturales de los Estados son, sin duda, sus límites internos. Los que hablan la misma lengua están unidos entre sí por una multitud de lazos invisibles por la propia naturaleza (...).
»(...) y en la visión natural de las cosas no es porque los hombres habiten entre ciertas montañas y ríos que son un pueblo, sino que, por el contrario, los hombres habitan juntos —y, si su suerte lo ha dispuesto así, están protegidos por ríos y montañas— porque ya eran un pueblo por una ley de la naturaleza que es mucho más elevada» (Discursos a la Nación Alemana).

Libro de texto fechado en 1913 (justo antes de la Gran Guerra que acabó con la autonomía del Monte Líbano).
Libro de texto fechado en 1913 (justo antes de la Gran Guerra que acabó con la autonomía del Monte Líbano).

En efecto, hay otras montañas y ríos en el Levante, en Arabia y en el norte de África, pero ninguno de ellos generó una comunidad autónoma como en el Líbano. Aquí hay algo más que una montaña, hay una lengua y una cultura religiosa que pone de relieve, existe una identidad particular y específica.


La lengua no es un simple medio de comunicación. Es portadora del patrimonio cultural de un pueblo, de su historia y su experiencia vivida, así como de su fe y su espiritualidad. Cada palabra conlleva un conjunto de significados, imágenes y conceptos que son únicos y particulares de ese pueblo concreto.


Lengua y visión del mundo


En 1820, Wilhelm von Humboldt declaró que «la diversidad de lenguas no es una diversidad de signos y sonidos, sino una diversidad de visiones del mundo». En su concepción humanista de la lingüística, cada lengua genera su propia visión del mundo en sus particulares categorías léxicas y gramaticales, y en su conceptualización.


En esa misma perspectiva, Jean-Marie Klinckenberg señaló en 1996 que «utilizar un signo es referirse a una cultura específica, a una sociedad concreta».


En consecuencia, al cambiar el lenguaje de alguien, podemos cambiar su forma de entender el mundo y la percepción que tiene de sí mismo y de su propia sociedad. Podemos convencerle de que pertenece a una sociedad diferente y hacer que adopte causas y batallas extranjeras como si fueran su propia causa. Puede destruir su propia sociedad en beneficio de otra.


Gracias a varios estudios a lo largo de los siglos XIX y XX sabemos lo importante que es el lenguaje en nuestra forma de pensar, en nuestra forma de construir nuestra idea del mundo y de nosotros mismo. La hipótesis de la relatividad lingüística, también conocida como «Hipótesis Sapir-Whorf», fue desarrollada en realidad por separado por Edward Sapir (1884-1939) y Benjamin Lee Whorf (1897-1941). Sus dos enfoques independientes se combinaron posteriormente para formar una síntesis bajo el nombre de «Hipótesis Sapir-Whorf». En ella se afirma que la estructura de una lengua afecta a la cognición de sus hablantes y a su relación con el mundo.


Y en esa misma época, el filósofo austriaco-británico Ludwig Josef Johann Wittgenstein (1889-1951) expresó con fuerza esta visión cuando escribió:


«Los límites de mi lengua significan los límites de mi mundo» (Tractatus logico-philosophicus).

El lenguaje como portador de identidad


A lo largo de estas observaciones filosóficas sobre la visión del mundo y la cognición tanto individual como colectiva, reconocemos el papel central del lenguaje. La relación entre el lenguaje y la nación se hace más explícita. ¿Qué es lo primero, la nación o la lengua?


Consideremos los ejemplos de Chipre, que optó por el griego, y de Malta, que fijó su dialecto cananeo arabizado, lleno de palabras italianas, francesas e inglesas, exactamente como el libanés hablado. Los pueblos de Chipre y de Malta empezaron por fijar su identidad lingüística para poder establecer por sí mismos los fundamentos de su entidad política y de su inmunidad. Una inmunidad de la que carece claramente el Líbano. La lengua y la nación están tan íntimamente relacionadas, que una no va sin la otra. Una lengua sin un país podría desaparecer. Pero también es el caso de un país sin lengua.


En contra de los prejuicios que son muy comunes en el Líbano, en contra de la fantasía que predican algunos intelectuales maronitas, la lengua es definitivamente un componente de la identidad. Refleja la identidad, la define y la hace florecer o morir con ella. En contra de lo que pretenden esos eruditos, el inglés es innegablemente una identidad para un estadounidense, y lleva en sí un sustrato cristiano protestante anglosajón. En la misma lógica, el portugués es una identidad y una cultura católica latina para un brasileño. Y el español es una identidad y una cultura católica latina para un argentino. Por tanto, se puede adoptar una lengua siempre que refleje la cultura, la fe, la religión, la historia y la identidad de un país y de su pueblo.


Tur Levnon, Montaña del Líbano, Lebanon Mountain
Carta de 1946, de Raphael Bar Armalet, abogando por el siriaco como lengua oficial del Líbano.

El maronitismo es portador de una cultura en todas sus expresiones. Constituye una unidad con su lengua siríaca original. Esta realidad hace que sea difícil para un maronita abrazar una cultura diferente. Porque su identidad está inscrita en su lengua y en su espiritualidad. ¿Qué mejor ejemplo que el de Boutros Boustany, que tuvo que abandonar su fe maronita y convertirse al protestantismo para ser fiel a su cultura árabe de adopción? Y a menudo, este cambio constituye sólo el primer paso antes de la conversión al Islam, como el caso de Fares Chidiac (que se convirtió en Ahmad Fares Al Chidiac).


Estados-Nación


La historia nos ha demostrado que la mayoría de las lenguas fueron originalmente sólo dialectos que desarrollaron su ortografía y fijaron su gramática y sintaxis en códigos y libros.


Max Weinreich (1894-1969), estadounidense de origen letón, define la lengua como «un dialecto con un ejército y una armada». Sin la autoconciencia de un pueblo, un dialecto no puede evolucionar hasta convertirse en una lengua. Y a veces una lengua puede degenerar en un dialecto, o simplemente desaparecer, aniquilando en el proceso a sus hablantes.


Sin una voluntad consciente de establecer una nación, un dialecto no evoluciona hasta convertirse en una lengua, como ocurrió en Malta y como ocurrió con la lengua siríaca, la cual fue creada conscientemente por los primeros cristianos del Levante para demarcar su identidad. El libanés y el maltés son exactamente iguales. Sin embargo, uno de ellos se estableció como lengua, mientras que el otro se limitó políticamente a ser un dialecto, y ni siquiera de su propio origen siríaco, sino como un dialecto, peor aún, de un deterioro del árabe. A través de su arabización a lo largo del siglo XX, y especialmente desde que dejó de enseñarse en las escuelas en 1943, fue perdiendo cada vez más su vocabulario siríaco e italiano, para acabar pareciéndose efectivamente a un dialecto árabe.


Pacto Nacional de 1943


El acuerdo de 1943 sobre el que se fundó la República Libanesa estaba hecho de buenas intenciones: el respeto de todos los componentes culturales. Se expresaba en dos capas, el Mithaq (el Pacto Nacional) y su fórmula (Al Sigha). La voluntad de convivencia era ciertamente una idea muy noble, sólo que su materialización en la fórmula estaba lejos de ser respetuosa con las especificidades de sus componentes.


El Romanticismo Alemán se opone a las tesis llamadas «Contractuales» (contractuelles) de los franceses Jean Bodin (s. XVI), Jean Jacques Rousseau (s. XVIII), Henri Benjamin Constant (s. XVIII-XIX), e incluso del alemán Emmanuel Kant (s. XVIII).


Según estos últimos, la sociedad se organiza en torno al «Contrato Social» (le Pacte Social) mediante un simple acuerdo entre los componentes sociales y la cesión de algunas libertades. Según esta opinión, para alcanzar la convivencia es necesario abandonar parte de nuestro patrimonio cultural, de nuestras especificidades e incluso de nuestras necesidades.


Esta es precisamente la forma en que los Monte-libaneses renunciaron a su realidad sociocultural, a su historia, a su lengua y a su identidad, en el «Contrato Social» de 1943. Tras abandonar su identidad, empezaron a renunciar a sus derechos a tener un espacio que exprese, refleje y proteja esta identidad. El «Contrato Social» de 1943 tuvo que conducir inexorablemente, a los acuerdos de El Cairo de 1969 con la entrega total de la legitimidad del Líbano.


¿Cómo construir una nación con varios pueblos, cada uno con sus propios mitos, creencias, fe o narrativa conocida como «le Roman National»?


Es digno de atención que la república para Aristóteles se basa en la comunidad (koinonia, κοινωνία) y no en un pueblo (ethnos, ἔθνος). Esto significa que es necesario tener un pueblo con la misma fe, aspiraciones y visión, que sea capaz de actuar como una comunidad cohesionada. En este sentido, ¿podemos imaginarnos la creación de una república con, no sólo varias comunidades, sino una multitud de pueblos de diferentes orígenes y procedencias, cada uno con sus puntos de vista particulares y sus necesidades?


¿Qué ocurrió en el Líbano, o en el Levante cristiano en general?


¿Qué nos ha llevado a este impasse actual, a esta situación de bloqueo?


El Imperio Otomano


Durante la segunda mitad del siglo XIX, el Imperio Otomano estaba en franca decadencia y era conocido como el Hombre Enfermo (l'Homme Malade). Fue entonces cuando los pueblos judeocristianos sometidos durante siglos a la ocupación otomana empezaron a prepararse para levantarse de nuevo. El primer paso fue revivir sus lenguas moribundas. De ahí que hoy tengamos el griego moderno, el hebreo, el armenio, el serbio e incluso el siríaco.


De hecho, en la Alta Mesopotamia, Naoum Fayek (1868-1930) inició un renacimiento de esta lengua con la impresión de periódicos en siríaco. Se añadieron palabras modernas y las escuelas proporcionaron y desarrollaron una literatura siríaca secular junto a la herencia cristiana tradicional.


Pero el arabismo se abrió paso entre los cristianos de Levante. La mayoría de ellos comenzó a revivir el árabe en lugar del siríaco. Sobresalieron e hicieron florecer su literatura y su cultura de la manera más hermosa. Siempre serán recordados por este honorable logro legado a la humanidad. Sólo que al mismo tiempo abandonaron la lengua que podía expresar más profunda y genuinamente sus necesidades, sus puntos de vista, sus aspiraciones, su identidad, su fe y su existencia. Esto conduce inexorablemente a lo que Bat Ye'or llama «Le dernier Chant du Signe», el más bello canto de cisne que anuncia una muerte segura.


Afortunadamente, a pesar de esa irresponsabilidad, la mayoría de las escuelas del Monte Líbano siguieron enseñando el siríaco y la Iglesia Maronita siguió utilizándolo para todas sus misas. La ruptura fatal sólo se produciría en 1943.


El Gouvernorat del Monte Líbano


En realidad, hasta el siglo XIX no empezaron a surgir los «Estados-Nación» tal y como los conocemos hoy. En 1871, en la Galerie des Glaces de Versalles, fue declarado el Imperio Alemán. Y fue entonces cuando Alemania empezó a existir como «Estado-Nación». Italia comenzó a existir como «Estado-Nación» desde 1861. El Líbano se convirtió en un país independiente o autónomo y reconocido por las potencias europeas en 1860. Incluso fue considerado como «Estado-Nación» por el príncipe Richards von Metternich.


Antes de él, su padre, Klemens von Metternich (1773-1859) o Príncipe de Metternich, fue ministro de Asuntos Exteriores del Imperio austriaco desde 1809 y canciller desde 1821 hasta 1848. Fue él quien sugirió el concepto de Caimacamia en el Monte Líbano en 1841. Pero esta partición del Líbano en dos entidades separadas fue, como sabemos, un fracaso total. Acabó en masacres de cristianos en todo el Caimacamia Sur y en todo el camino hasta Siria.


La solución sostenible se encontró con la Gobernación del Monte Líbano (Moutassarifia como la llamaron los otomanos). Su constitución se llamó «Règlement Organique» («Solution based on Nations»). Y fue desarrollado por Richards von Metternich (1829 - 1895). Fue embajador de Austria en la corte de Napoleón III, cuyo ejército mantenía la seguridad en el Líbano en 1860.


Richards von Metternich basó la constitución del Gouvernorat en la realidad cultural designándola como «orgánica». Además, señaló las diferencias fundamentales entre la población del Monte Líbano y el resto de la Siria otomana. Habló de una clara especificidad cultural que es la característica de la base del «Estados-Nación» tal y como se definió durante el siglo XIX. Su propuesta era un sistema geográfico y político adaptado a la realidad demográfica.


Los firmantes del «Règlement Organique» fueron la Puerta Otomana y