Un puerto, una ciudad, una montaña

Publicación y traducción al español por Maronitas.org con autorización y cortesía de Tur Levnon.


Por: Dr. Amine Jules Iskandar

Syriac Maronite Union-Tur Levnon

Asociado de maronitas.org


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Puerto de Beirut. Foto: cortesía de Tur Levnon

En 1860 el antiguo principado de Monte Líbano recuperó su autonomía política, cultural y económica bajo el nuevo régimen de la Gobernación (Moutassarifie). Este periodo, calificado de «larga paz», sólo fue interrumpido por la Primera Guerra Mundial en 1914. Este medio siglo de paz y de prosperidad se convirtió en un ejemplo dentro del Imperio Otomano, lo que llevó a algunos de sus altos funcionarios a recomendar dicho ejemplo a otras provincias. Lo único que faltaba en el Líbano era una ciudad como capital.


En medio de esta época de prosperidad, el sultán Abdul Hamid II accedió al trono de la Sublime Puerta en 1876. Rápidamente, sus ojos se volvieron hacia Beirut. Un sentimiento muy especial le unía a esta ciudad. Soñaba con ella como la reina del Mediterráneo oriental y como una figura destacada en la modernización de su Imperio.


Desde el principio de su reinado, en 1877, el sultán inició la reconstrucción y ampliación del Gran Serrallo y la Torre del Reloj, símbolo de su deseo de precisión. Mientras tanto, había confiado la construcción del Pequeño Serrallo al gran arquitecto Bechara Avedissian, que lo diseñó en estilo clásico con pilastras dóricas y lo dotó del gran jardín y quiosco de la Plaza de los Cañones. Amante de las Bellas Artes y de la fotografía, el Sultán no perdió la oportunidad de embellecer Beirut, con la Fuente Hamidie que lleva su nombre, y los jardines como el de Artes y Oficios (Sanayeh) y el Bosque de Pinos.


La estética no se quedó sin progreso y evolución técnica. En 1885, el alumbrado de gas de la ciudad fue confiado a Alexandre Gérardin. En 1887, la construcción del puerto se encargó a una empresa francesa. Y en 1899 se inauguró la Oficina de Correos y Telégrafos en el centro de la ciudad.


En 1888, Abdul Hamid II hizo de Beirut la capital del Vilayet (i.e.: la provincia) que lleva su nombre. Rodeada por todos lados por el territorio de la Gobernación del Monte Líbano, su jurisdicción llegaba hasta Latakia en el norte y Acre en el sur. Pero fue paradójicamente con el Líbano autónomo que la ciudad de Beirut iba a formular su complementariedad, su visión de futuro y su identidad cultural.


En 1895 se completó la línea de ferrocarril que unía Beirut con Damasco, un proyecto encomendado, al igual que el puerto, a los franceses. Con la quiebra de los ferrocarriles de Jaffa y Haifa, Beirut se convirtió en el principal puerto del Mediterráneo oriental.


Francia perpetuó su influencia en los ámbitos de la educación y la cultura. En el Líbano, el Colegio Saint-Joseph de Aintoura fue ampliado y dotado de una nueva capilla y una torre de reloj. En Beirut, la Universidad de San José fundó su facultad de medicina en 1888. El Hospital Ortodoxo de San Jorge, fundado en 1878, también se amplió durante el reinado de Abdul Hamid II. Hasta su caída en 1909, este sultán no dejó de desarrollar y embellecer Beirut. Todavía en 1901, una línea ferroviaria costera procedente de Maameltein, llegaba al puerto a través de un túnel que atravesaba el acantilado de Mdawar. Y en 1906, Beirut recibió su joya, el tranvía. El gobernador del Monte Líbano, Ovhannes Kouyoumjian, cuenta en sus memorias que el sultán contrastaba con la lentitud endémica de la administración otomana en lo que respecta a los asuntos relacionados con el desarrollo de Beirut.


La Gobernación autónoma de Monte Líbano nació en 1860, tras las masacres que empujaron a Beirut a los cristianos que habían escapado de la Montaña y de Damasco. Esta población francófila se vio atraída por la seguridad, pero también por las instituciones culturales, que a su vez se vieron impulsadas por esta aportación demográfica. Los montelibaneses establecidos en Beirut y sus suburbios, y procedentes de sus universidades, desempeñaron un papel preponderante en la administración, las finanzas y la vida cultural. Abdul Hamid II vio en ellos, en sus instituciones culturales cristianas y en su educación occidental, una baza para la ciudad moderna de sus aspiraciones. Beirut se alimentó de la Montaña, y la Montaña sacó fuerzas de ella. La industriosa Montaña desarrolló su agricultura, industria, escuelas y sericultura. El Monte Líbano estaba cubierto de bosques de moreras y de numerosas fábricas de gusanos de seda, a menudo dirigidas por franceses, especialmente de Lyon. La seda procedente del Líbano pasaba por el puerto de Beirut de camino a Marsella, de donde regresaba cargada de tejas rojas. Pronto Beirut y todos los pueblos del Líbano se cubrieron con estos magníficos tejados brillantes.


El Monte Líbano desarrolló su arquitectura. Sus iglesias, pequeñas capillas cúbicas, vieron surgir el nuevo estilo maronita (Beghdede). Este modelo, conocido como latinización, está rematado con azulejos y equipado con campanarios de estilo occidental. Las casas también se enriquecieron con azulejos y ampliaron sus ventanas desarrollando el tipo con tres arcos, representando a la Santísima Trinidad. Beirut no sólo fue conquistada por este modelo arquitectónico, sino que incluso lo exportó a las fronteras de su Vilayet.


El sello del Monte Líbano, su riqueza, sus libros, sus ideas, su diáspora, sus azulejos, sus colores y su identidad pasaron por el puerto. Beirut nunca habría existido como capital cultural y cosmopolita sin su puerto, pero también sin la contribución esencial de los habitantes del Monte Líbano. Beirut nunca habría sido lo que es sin el Líbano y el Líbano no sería lo que es sin Beirut. Y sin su puerto, Beirut no sería.

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