Carta abierta a Su Santidad León XIV
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La pregunta decisiva sigue siendo la misma: ¿el objetivo principal de las leyes y resoluciones internacionales es proteger las constituciones y las fronteras arbitrarias, o salvaguardar al ser humano, reconocido como un valor absoluto, abierto a la trascendencia?

Por Dr. Amine Jules Iskandar
Syriac Maronite Union-Tur Levnon
Asociado de maronitas.org
Escrito para Ici Beyrouth
Publicado el 29 de noviembre de 2025
Santísimo Padre:
Nuestro Líbano se hunde, año tras año, en un círculo vicioso de violencia, colapso económico y empobrecimiento humano que solo conduce a un éxodo interminable. Ninguna buena intención ni ningún discurso piadoso han podido alterar esta trágica realidad. Quizás siempre hemos antepuesto el ideal nacional al ser humano; quizás hemos sacralizado la coexistencia hasta el punto de olvidar el valor primordial de la vida humana.
La desaparición de la diversidad
Todos los componentes libaneses han alcanzado un umbral de resistencia en el que el cansancio se convierte en desesperación. La juventud se ha dispersado por otros horizontes. Pero para los cristianos, se trata de mucho más que sufrimiento y emigración: se trata de la desaparición progresiva y silenciosa de toda una sociedad.
Los eslóganes tranquilizadores de una clase dirigente desconectada ya no pueden ocultar el dolor de un pueblo ni sus legítimas reivindicaciones. Lo que este pueblo reclama, ante todo, es un cambio profundo de método y de rumbo.
El laboratorio de coexistencia es un valor cristiano innegable que no debe abandonarse. Sin embargo, los modelos establecidos en este laboratorio han fracasado estrepitosamente, ya que la coexistencia solo es posible en la diversidad. La uniformización forzada, emprendida en nombre de una identidad nacional única, ha suprimido esta diversidad y, por lo tanto, ha traicionado la esencia misma de la coexistencia.
El Estado libanés, en su régimen actual, reconoce sin ambigüedades la pluralidad religiosa. Sin embargo, niega rotundamente cualquier diversidad cultural entre sus diferentes componentes. Mediante la Constitución de Taif, ha impuesto una identidad homogénea, ha determinado quién es amigo y quién enemigo, y ha congelado a los libaneses en una hostilidad permanente hacia su vecino israelí. Esta política ha profundizado la brecha entre el país legal y el país real, y ha aislado al Líbano hasta el punto de alejarlo de forma duradera de la comunidad internacional.
La Iglesia
Por lo tanto, Santidad, este llamamiento se dirige a la Iglesia.
Porque fue ella quien situó explícitamente al hombre en el centro de su doctrina social, definiéndolo como «ser autónomo, relacional y abierto a la trascendencia».
Fue ella quien, en su encíclica Quadragesimo Anno, subrayó la importancia del principio de subsidiariedad y denunció cualquier forma de control de las autoridades superiores sobre la libertad humana. Fue también ella quien, bajo el pontificado de Juan Pablo II, advirtió contra cualquier intento de desnaturalizar el principio de subsidiariedad «en nombre de una supuesta democratización o igualdad de todos en la sociedad».
Este llamamiento se dirige a la Iglesia, que en su «Compendio de 2004» planteó la cuestión de los derechos inalienables de las minorías surgidas de la traza aleatoria de las fronteras. Les reconoció su «derecho a conservar su cultura, incluida su lengua, así como sus convicciones religiosas». Llegó incluso a declarar sin ambigüedades que estas «minorías pueden verse empujadas a buscar una mayor autonomía o incluso su independencia».
El derecho internacional
La comunidad internacional, que reconoce el derecho a la autodeterminación, solo actúa en caso de crisis humanitaria grave. Pero, ¿quién determinaría la existencia de tal crisis? Porque, si bien la emigración de los cristianos del Levante ha alcanzado proporciones de verdadera extinción, sus líderes no parecen ser particularmente conscientes de la tragedia. Los mecanismos legales que deberían darles voz permanecen en silencio, no se plantea ninguna reivindicación estructurada que proponga un cambio de régimen o de orientación nacional.
A este problema de representatividad se suma la ambigüedad conceptual del derecho internacional que, aunque reconoce el derecho de los pueblos a disponer de sí mismos, tiene dificultades para definir el concepto de pueblo o etnia. ¿Se trata de criterios culturales, religiosos, lingüísticos o de otro tipo? En esta confusión, la defensa de una identidad cultural amenazada se asimila a menudo, injustamente, a una forma de xenofobia o supremacismo, incluso cuando el grupo en cuestión está en vías de desaparición total en sus tierras natales.
Lo que necesita el Líbano multicultural es un cambio de régimen, y no un remiendo dentro de un sistema ya esclerotizado por sus propias contradicciones y gangrenado por una corrupción inherente. Al limitar deliberadamente la descentralización al ámbito administrativo, la Constitución de Taif condenó cualquier posibilidad de desarrollo económico o cultural auténtico.
La integridad nacional
El derecho de los pueblos y las naciones a la libre determinación fue aprobado por la Asamblea General de la ONU en 1952, en la resolución 637 (VII). La Asamblea también consagró explícitamente en 1966, en el «Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos» (Pacte sur les droits civils et politiques), el derecho de los pueblos, garantizándoles la libertad de determinar su estatuto político, así como su «desarrollo económico, social y cultural».
Es cierto que la resolución 2625 (XXV), adoptada en 1970 por la Asamblea General de la ONU, estipula que el derecho a la libre determinación no puede justificar la secesión que atente contra la integridad territorial de los Estados soberanos e independientes. Esta integridad está garantizada por la resolución 1514 (XV) de 1960, que condena firmemente «todo intento de destruirla parcial o totalmente». No obstante, estas dos resoluciones se vieron seriamente cuestionadas por el reconocimiento internacional de la independencia de Eritrea y por la desintegración de Yugoslavia.
Sin embargo, es fundamental precisar que el régimen federal, que traduce en política el principio de subsidiariedad preconizado por la Iglesia, permite precisamente federar y, por lo tanto, impedir la descomposición de las naciones. Este régimen federaría los diferentes componentes libaneses respetando plenamente su diversidad, manteniendo la armonía y la lealtad mutua.
Santísimo Padre:
A la luz de la misión universal que Nuestro Señor Jesucristo confía a su ministerio, surge una pregunta grave, pero también esperanzadora: ¿el objetivo último de las leyes y resoluciones internacionales es proteger las constituciones y los trazados arbitrarios de las fronteras, o salvaguardar a la persona humana, reconocida como valor absoluto y abierta a la trascendencia?
Para leer el texto original en francés: Lettre ouverte à Sa Sainteté Léon XIV




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