Ciclo de la Santa Cruz. Reflexiones

El misterio de la Santa y Victoriosa Cruz es el misterio del aquí y el ahora, del pasado, presente y el futuro del misterio pascual de Cristo, aunado a su glorioso regreso y triunfal victoria. Por eso la Cruz ha sido siempre el símbolo de la cristiandad, de la redención, de la victoria, del amor de Dios.


Icono Maronita de la Santa Cruz pintado por Abdo Badwi. ©maronitas.org
Icono Maronita de la Santa Cruz pintado por Abdo Badwi. ©maronitas.org

Por: P. Lic. Ulises Mbarak Ramírez

Canonista de la Pontificia Università della Santa Croce (Roma)

Asociado de maronitas.org

Publicado el 1 de noviembre de 2022


Introducción.


Cuenta la leyenda que estando a las puertas de Roma para la toma del puente milvio, Magencio y Constantino iban a disputar la batalla decisiva que, al vencedor, habría de convertir en emperador de todo el imperio romano. Antes de la gran batalla, el 27 de octubre del 312, Constantino tuvo una visión; vio las letras “X” (Chi) y “P” (Ro) del alfabeto griego, se trata de las iniciales del nombre de Cristo y una divisa que decía: Con este signo vencerás. Constantino mando ponerlo para su ejército, y, el resto…es historia.


Independientemente de la veracidad de la leyenda, esta historia muestra la fe cristiana sobre la victoria de Cristo en la batalla final, en el juicio universal, y la instauración de su reino. Y es aquí donde el cristiano mira con esperanza al futuro haciendo memoria de las palabras del Señor: «Y yo, cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí». (Jn 12, 32). Estas palabras las hemos entendido viendo a Jesucristo alzado en la cruz, y, es justo allí, donde el cielo y la tierra se unieron, la humanidad fue redimida y Dios glorificado.


El misterio de la Santa y victoriosa Cruz, es el misterio del aquí y el ahora, del pasado, presente y el futuro del misterio pascual de Cristo, aunado a su glorioso regreso y triunfal victoria. Por eso la Cruz ha sido siempre el símbolo de la cristiandad, de la redención, de la victoria, del amor de Dios.


El ciclo de la santa Cruz en el conjunto del calendario litúrgico [1].


El calendario litúrgico es el calendario con el que los cristianos vamos meditando, profundizando, celebrando y viviendo los misterios de amor de Dios hacia, teniendo a Jesucristo como único mediador entre Dios y los hombres, y, la obra de redención como la concretización del amor de Dios por, con y en Jesucristo.


El calendario litúrgico va marcando el ritmo y el tiempo de la vida y obra redentora de Jesucristo en nuestro aquí y ahora, nuestro presente, de tal manera que, los cristianos recorremos cíclicamente, año tras año, la obra de la salvación. Puede servirnos la imagen de un camino cíclico en espiral ascendente para entender cómo funciona el calendario litúrgico. De abajo hacia arriba, de lo humano a lo divino, de la tierra al cielo.

Otro aspecto importante a tener en cuenta es la formación histórica del calendario litúrgico. Encontramos en su formación dos elementos antropológicos básicos: el calendario lunar y el calendario solar, y, asociado a ellos, los ciclos agrícolas del hemisferio norte del planeta.


El cristianismo heredó del judaísmo varios aspectos cultuales y religiosos, entre ellos algunas fiestas como Pascua y Pentecostés. Estas fiestas tomaron una dimensión nueva y plena por el misterio pascual de Cristo. Desde el judaísmo antiguo, estas fiestas se rigen por el calendario lunar, haciendo que no tengan una fecha fija (en nuestro calendario solar). Esto hace que algunas fechas de celebraciones cristianas dependan de la calendarización de la Pascua y por tanto del calendario lunar. El inicio de la cuaresma con el domingo de Caná y lunes de ceniza se fija cada año dependiendo de cuando sea la Pascua y esta depende, hoy por hoy, del clico lunar. Esto desencadena la fijación de otras fechas: Pentecostés, Corpus Christi, Sagrado Corazón de Jesús, por mencionar algunas.


El calendario solar, fija las fechas establemente. Así, Navidad será siempre el 25 de diciembre, y por lo tanto la fiesta de la Anunciación el 25 de marzo. La fiesta de la Inmaculada concepción de la Virgen María será el 8 de diciembre y su natividad, nueve meses después, el 8 de septiembre. Ambos calendarios lunar y solar interactúan sinérgicamente. Los ciclos agrícolas del hemisferio norte dejaron plasmado también las diversas manifestaciones de piedad tanto de judíos como de cristianos, y se reflejan en el calendario litúrgico mediante las celebraciones que tienen que ver con la siembra, la cosecha, las primicias, acciones de gracias y súplicas.


Nuestro calendario litúrgico tiene como base la simbología del número 7 y su correlativa relación con el número 8. En la tradición judía y bíblica, el 7 adquirió el significado de perfección y el 8 de infinitud, eternidad, más que perfección. Por eso los santos padres de los primeros siglos llamaron al domingo, el día del señor, como el octavo día [2] , aunque cronológicamente sea el primero, y es que Jesucristo es el principio y el fin, el alfa y el omega. Jesucristo es ayer, hoy y siempre.


Por eso, la liturgia maronita tiene un ritmo semanal, donde el domingo, la pascua semanal, rige el resto de la semana y de sus celebraciones [3]. En esa misma dinámica, el calendario litúrgico comienza en noviembre con el domingo de la consagración y renovación de la Iglesia, regido por la fecha del 25 de diciembre, y dependiendo del día en que comience noviembre. Si noviembre comienza antes del domingo o después del domingo se agrega o resta un domingo: de la dedicación de la Iglesia y/o de la renovación de la Iglesia. Después iniciamos el recorrido por los misterios de la obra de salvación en sus inicios con los domingos de los anuncios, siguiendo los pasos de las narraciones evangélicas. Los acontecimientos previos al nacimiento del Redentor, su nacimiento e infancia, estamos en el ciclo del glorioso nacimiento.


El 6 de enero marca el inicio del ciclo de la Epifanía. Allí contemplamos la manifestación de la Santísima Trinidad y cómo Dios se revela a la humanidad. En este tiempo caminamos con Jesús en su misión pública del anuncio de la llegada del Reino. Dios se da a conocer, se revela, y anuncia la plenitud de los tiempos con la llegada del Mesías. Domingo tras domingo el anuncio de la revelación se va expandiendo desde el último de los profetas, san Juan el Precursor, hasta los gentiles.


El anuncio de la llegada del Reino y la obra del Mesías tiene su culmen en su Pasión, muerte y resurrección. El ciclo del Gran Ayuno (Cuaresma), nos prepara para la celebración de la Pascua, y a la vez nos descubre los misterios de la misericordia de Dios, su amor a los hombres, la razón de su pasión y sacrificio. Son 50 días en que los cristianos hacemos penitencia y reflexionamos sobre nuestros pecados y la misericordia de Dios. En efecto, son 50 y no 40 como en otros calendarios litúrgicos. Esto por varias razones de índole histórica, cultural y litúrgica. Sin entrar en detalles, una de esas razones es la simbología del número 7 y 8. Cuando Pedro preguntó a Jesús cuantas veces debía perdonar, el Señor respondió setenta veces siete (70 x 7), (Mt. 18, 21-22). El tiempo del Gran Ayuno dura 7 semanas de 7 días (7 x 7= 49), más el día octavo que da una cincuentena. Dentro de esa cincuentena se hace presente la Semana de la Pasión o Semana Santa. En ella está contenido el Triduo Pascual: Jueves de los misterios, Viernes de la Crucifixión y Sábado de la Luz.


Terminadas las celebraciones de la Pasión del Señor, comenzamos la fiesta de las fiestas, el eje central del calendario litúrgico cristiano: el ciclo glorioso de la Resurrección. Son 50 días en los que meditamos, celebramos, profundizamos, vivimos el acontecimiento de nuestra salvación por antonomasia. De igual manera son 7 semanas de 7 días donde el tema es la resurrección de Jesús y su aparición a los apóstoles.


La Pascua llega a su fin con la celebración de Pentecostés. Esta fiesta tiene sus orígenes en las celebraciones agrícolas del pueblo judío. En ella se daba gracias por el fin de la cosecha, pero luego se le agregó la celebración del don de la ley y la alianza. Sucedió que, mientras los judíos celebraban la fiesta de pentecostés (de los cincuenta días o de las siete semanas), el Espíritu Santo descendió sobre los apóstoles. La fiesta de Pentecostés marca el inicio de la misión de la Iglesia llevando el anuncio del Evangelio a todas las naciones. Como la fecha de esta fiesta depende del calendario lunar, no tiene una fecha fija. Tiene lugar entre mayo y junio de nuestro calendario solar, y en este ciclo meditamos, profundizamos, vivimos, celebramos, el caminar de la Iglesia desde sus inicios, la primera predicación del evangelio y su expansión en el mundo. La obra del Espíritu Santo que descendió sobre los apóstoles, se trasmitió de generación en generación hasta nuestros días. Así la Iglesia continua su misión apostólica y evangélica.


La proyección de la misión de la Iglesia en el tiempo tiene su culmen en la segunda venida de Cristo. El camino que hemos recorrido desde noviembre a través de los diversos ciclos litúrgicos llega a la meta final con la Parusía [4] . Así, el 14 de septiembre comienza el ciclo de la Santa Cruz. En este tiempo meditamos, profundizamos, vivimos, celebramos el misterio de la escatología cristiana: la segunda venida de Cristo en gloria y victoria. La recapitulación de toda la historia para ser entregada al Padre por el Sumo y Eterno Sacerdote, Jesucristo.


Podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que el ciclo de la Santa Cruz es el cierre con broche de oro de nuestro calendario litúrgico. Y no podría ser diferente. El camino emprendido desde noviembre, al inicio del calendario litúrgico y sus ciclos, es el recorrido de la historia de la salvación y de la misión de la Iglesia, fase por fase. El culmen de la historia de la salvación tiene lugar en la batalla final, en el juicio universal, en la segunda venida gloriosa de Jesucristo. Eso es el ciclo de la Santa Cruz. La esperanza cristiana hecha certeza en la fe, donde la victoria final del Señor se hace presente en el aquí y ahora de nuestro tiempo presente. El signo de la Cruz resplandece como el signo del que triunfó desde la muerte para dar vida, y vida en abundancia (Jn. 10, 10).


El ciclo de la Santa Cruz está compuesto por 7 semanas en las cuales meditamos, profundizamos, vivimos y celebramos las persecuciones de los cristianos, la perseverancia, el juicio universal y la segunda venida de Cristo, concluyendo con la fiesta de Cristo Rey el último domingo de octubre. Jesucristo, rey del universo que recapitula todo para entregar al Padre el universo entero. El Rey que establece su reino prometido y conquistado por su sacrificio en la cruz.


Lo dicho, el ciclo de la Santa Cruz es el colofón y culmen del camino recorrido en el calendario litúrgico. Desde que Jesucristo se encarnó hasta la realización total de su obra redentora en el juicio universal. La liturgia maronita dedica todo un tiempo litúrgico al misterio de la Parusía, ya que este misterio forma parte de la entera obra de salvación realizada por Jesucristo a favor de la humanidad y del universo entero.


Espiritualidad del ciclo de la Santa Cruz.


La serpiente, el mal y el bien.


En el libro de los Números (21, 5-9) se narra cómo ante la infidelidad del pueblo de Israel, el Señor Dios envió serpientes para que los mordieran. El pueblo clamó la misericordia del Señor, y Él mandó a Moisés hacer una serpiente de bronce alzada en un mástil, para que todo el que la viera tras haber sido mordido quedara sano. Este pasaje fue interpretado por el mismo Señor Jesús, dándole su pleno sentido y cumplimiento. «Igual que Moisés levantó la serpiente en el desierto, así debe ser levantado el Hijo del Hombre, para que todo el que crea tenga vida eterna en él» (Jn, 3,14 y 15). Y también, «Y yo, cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí». (Jn 12, 32).


La serpiente ha tenido en la tradición judío-cristiana un significado negativo, en tanto que representa el mal. Este caso no es la excepción. La mordedura de la serpiente produce la muerte. Pero Dios utiliza la imagen de la misma serpiente para ser medio de la salvación. De la serpiente vino el mal, de la serpiente de bronce mandada hacer por Dios, vino el bien, la salvación. Esta misma dinámica se hace presente en la crucifixión de Cristo. Por el pecado de Adán vino la muerte, por la muerte de Cristo vino la vida. El madero de la cruz fue un instrumento de tortura, vejación y muerte, pero Dios lo convirtió en instrumento de salvación, victoria y vida eterna.


El animal del pecado original.  ©FOTO: Oronoz / Album
El animal del pecado original. ©FOTO: Oronoz / Album

En efecto, la cruz nos recuerda el dolor y muerte de Jesús de Nazaret, pero por la misma dinámica divina, la cruz no queda manchada de maldad, sino que, una vez resucitado Cristo, es signo de su victoria. Parafraseando la célebre frase de san Agustín, allí donde abundó el pecado, sobre abundó la gracia, podemos decir: allí donde abundó la muerte, sobre abundó la vida. Es el misterio de la victoria de Cristo que ilumina, trasforma y renueva el sentido de la Cruz.


En este ciclo litúrgico, podemos encontrar una cruz bellamente adornada, o distinguida con un paño de victoria entrelazado en su eje horizontal. Este signo nos recuerda esta transformación de la muerte a la vida, del mal al bien, dicho con palabras de san Pablo, del hombre viejo al hombre nuevo [5]. Y es ahí donde el cristiano puede decir: con la gracia de Dios, yo también puedo cambiar y ser transformado. No hay pecado que no pueda ser perdonado y redimido, no hay pecador que no pueda ser transformado y hecho santo.


Si, incluso la serpiente que es signo de maldad, de muerte, es renovada para ser instrumento de bondad, de salud. En este sentido veamos el báculo de los obispos de tradición bizantina el cual es una serpiente (bicéfala), no porque simbolice la maldad, sino siguiendo la interpretación de Nm. 21, 9 hecha por el mismo Jesucristo en Jn. 3, 15 donde la serpiente de bronce elevada es Cristo crucificado. O bien, sirva como ejemplo el símbolo de la salud (la serpiente en el mástil).


La Cruz y el dolor humano [6].


La primera semana después del 14 de septiembre tiene como tema propio el valor salvífico del dolor. Y es lógico que sea así. El 14 de septiembre se nos revela el misterio de la cruz como medio de salvación, e inmediatamente después se nos propone la imitación de Cristo en el misterio de la cruz, del dolor. Por el dolor, el sacrificio, y muerte en cruz de Cristo hemos tenido la salvación. En esta primer semana las lecturas del evangelio de cada día nos proporcionan una herramienta para meditar sobre como el dolor es vía de salvación.


«Se puede decir que el hombre se convierte de modo particular en camino de la Iglesia, cuando en su vida entra el sufrimiento. Esto sucede, como es sabido, en diversos momentos de la vida; se realiza de maneras diferentes; asume dimensiones diversas; sin embargo, de una forma o de otra, el sufrimiento parece ser, y lo es, casi inseparable de la existencia terrena del hombre». (Carta apostólica de S.S. san Juan Pablo II, Salvifici doloris, n.3 del 11 de febrero de 1984). Con estas palabras san Juan Pablo II nos recuerda una realidad terrible para el ser humano, pero que aun siendo fatídica, no es desesperanzadora, ya que «El sufrimiento parece pertenecer a la trascendencia del hombre; es uno de esos puntos en los que el hombre está en cierto sentido « destinado » a superarse a sí mismo, y de manera misteriosa es llamado a hacerlo». (SD, n2).


Icono del dlor y la pureza
Icono del dolor y la pureza. ©circulosemiotico

En el dolor el hombre encuentra un camino hacia la trascendencia. San Marcos en el capítulo 10, versículos del 35-45, narra unas escena en la que Santiago y Juan, hijos del Zebedeo, buscan la trascendencia y por eso la piden al Señor Jesús: «concédenos sentarnos uno a tu izquierda y otro a tu derecha en tu gloria». Pero el Señor, que si les asegura la trascendencia les advierte el camino para llegar a ella, ser bautizados con el bautismo que Él será bautizado y beber del cáliz que Él beberá, el Señor los está invitando a su pasión y muerte. El lugar que ellos pedían no se les concederá porque están reservados, pero queda claro que para llegar a ser grande en el reino de los cielos es necesario haber padecido como el Señor Jesús, y haber vivido el mandamiento del amor en el servicio al prójimo.


El misterio de la cruz es a todas luces un misterio de dolor. En ese sentido, la cruz simboliza el dolor que indefectiblemente todo ser humano experimenta en este mundo, pero que en Cristo ese dolor no es en vano, sino trascendente. Por un lado ayuda a las personas a superarse mediante el esfuerzo y la virtud, y por otro lado purifica y asemeja a Cristo, el cual tras haber padecido transformo el dolor en vida. En efecto, para el cristiano el dolor no es solo la experiencia de la amargura vivida, es, por el contrario, como el fuego que acrisola el oro [7]. Esta idea, que más que idea es una verdad iluminada por la fe, irriga todo el tiempo litúrgico de la Santa Cruz. Cruz y dolor, Cruz y victoria, son dos caras de una misma moneda, la redención del hombre obrada por el amor de Dios a la humanidad.


El árbol de la vida.


¡Oh Árbol de la vida, tú fuiste plantado en medio del paraíso y llegaste ser el Madero de la salvación para los que, en la tierra, ponen su esperanza en ti! (Misal Maronita, edición en español 2017, editorial iCharbel, Liturgia del lunes, ciclo de la Santa Cruz, oración del perdón, sedro).


El libro del génesis narra que Dios plantó el árbol de la vida junto al árbol del conocimiento en medio del jardín del Edén [8] . El fruto del árbol de la vida era la vida eterna, la inmortalidad, uno de los dones preternaturales dados por Dios a Adán y Eva. Y, de ese árbol si podían comer, no así del de conocimiento del bien y del mal. Después de haber pecado y comido del fruto del árbol prohibido, Dios impidió que el ser humano volviera a comer del árbol de la vida, pero no para siempre. En Apocalipsis 2, 7 san Juan profetiza el premio para el vencedor: comer del árbol de la vida, que está en el paraíso de Dios.


En la tradición de la simbología cristiana el árbol de la vida ha sido asociado a la cruz de Cristo. El árbol de la cruz es el árbol de la vida del Edén, en tanto que, de la cruz de Cristo nos viene la salvación y la vida. De la Cruz brotan como manantial de agua viva los sacramentos y los medios de salvación dados a la Iglesia para su administración. Dicho con el símil del árbol, los frutos del árbol de la Cruz son la salvación, los sacramentos, la vida eterna.


El responsorio de lecturas de la Santa Cruz en su versión española versa: Es tu Cruz protectora de tu pueblo bendito y son tus sacramentos que de ella emanan. Sacerdotes nos diste por tu Cruz que nos salva, y por ellos otorgas a tu pueblo tu gracia. En efecto, la vida de la gracia encuentra un poderoso referente en la cruz de Cristo el cual nos remite al árbol de la vida del Edén.


Icono serigrafiado del Árbol de la Vida. Encontrado en ©pinterest
Icono serigrafiado del Árbol de la Vida. Encontrado en ©pinterest

Ahora bien, la Cruz, el madero de la Cruz, en cuanto madera, se relaciona directamente con el árbol de la vida del Edén. En efecto, la cruz de Cristo habría sido hecha con madera del árbol de la vida. Explica el padre Armando Elkhoury [9] : La conexión entre el Árbol de la Vida y la Cruz es tan fuerte que la teología maronita enseña que la Cruz real del Señor "fue tomada del árbol del Edén" (BO, 606).


Y todo esto porque la Cruz es análoga Cristo. La Cruz toma su significado de Cristo. Toda nuestra reverencia hacia la Cruz viene porque lo que podemos predicar de Cristo lo decimos de la Cruz análogamente. Cristo es la Cruz de la salvación de donde brota la vida eterna, Cristo es el verdadero Árbol de la Vida. Del Hijo de Dios encarnado nos vienen los medios de salvación.


Abrazar la Cruz es abrazar a Cristo, con todo su dolor, amargura, soledad, llanto y sufrimiento, pero nunca en desesperanza, porque la Cruz es también, y sobre todo, salvación, vida, victoria, gloria, fuerza, y por ello mismo gozo, el gozo espiritual que viene de la bienaventuranza misma.


Tiempo de mártires.


«¿Pueden beber el cáliz que yo bebo, o recibir el bautismo con que yo soy bautizado? Podemos —le dijeron ellos. Jesús les dijo: —Beberán el cáliz que yo bebo y recibirán el bautismo con que yo soy bautizado; pero sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me corresponde concederlo, sino que es para quienes está dispuesto». (Mc. 10, 38b-40).


Estas palabras que nos transmite san Marcos son una profecía del Señor sobre el destino que habrían de sortear, no solamente Juan y Santiago, receptores de estas palabras, sino todos sus discípulos. En efecto, beber del mismo cáliz bien significa participar de la misma suerte, y, en este caso de la Pasión del Señor, de tu martirio. Ser bautizado, como su etimología lo dice, es ser sumergido en el misterio de la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. San Pablo en la carta a los romanos enseña: « ¿No saben que cuantos hemos sido bautizados en Cristo Jesús hemos sido bautizados para unirnos a su muerte? Pues fuimos sepultados juntamente con él mediante el bautismo para unirnos a su muerte, para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros caminemos en una vida nueva. Porque si hemos sido injertados en él con una muerte como la suya, también lo seremos con una resurrección como la suya…» (Rm. 6, 3-7).


Pero, también podemos entender el bautismo como lavar: «Estos son los que vienen de la gran tribulación, los que han lavado sus túnicas y las han blanqueado con la sangre del Cordero. Por eso están ante el trono de Dios y le sirven día y noche en su templo, y el que se sienta en el trono habitará en medio de ellos. Ya no pasarán hambre, ni tendrán sed, no les agobiará el sol, ni calor alguno, pues el Cordero, que está en medio del trono, será su pastor, que los conducirá a las fuentes de las aguas de la vida, y Dios enjugará toda lágrima de sus ojos». (Ap. 7, 14-17).


Icono Maronita del martirio de Santa Sofía y sus tres hijas pintado por Abdo Badwi. ©maronitas.org
Icono Maronita del martirio de Santa Sofía y sus tres hijas pintado por Abdo Badwi. ©maronitas.org

Los mártires son aquellos que han blanqueado su túnica con la sangre del Cordero. Por eso, este bautismo del que habla el Señor a Juan y Santiago es el anuncio de su testimonio hasta dar la vida por Él. San Juan, aunque no fue dado a la muerte, padeció el martirio en la persecución, el tormento de haber sido sumergido en aceite hirviendo, y en el exilio. Santiago por su parte, fue decapitado. El resto de los apóstoles, y muchos de los discípulos, dieron su testimonio de fe en el Señor Jesús con su vida.


En varias ocasiones Jesús advirtió a sus discípulos sobre aquello que habría de sucederle a él y a sus seguidores. Así aparece en los tres anuncios de la pasión en Marcos o en Marcos 10, 29-31: «En verdad les digo que no hay nadie que haya dejado casa, hermanos o hermanas, madre o padre, o hijos o campos por mí y por el Evangelio, que no reciba en este mundo cien veces más en casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y campos, con persecuciones; y, en el siglo venidero, la vida eterna. Porque muchos primeros serán últimos, y muchos últimos serán primeros».


Si, el Señor siempre fue claro sobre lo que el cristiano habría de pasar, al igual que su Señor. Al respecto el papa Francisco dijo en su homilía del martes 4 de marzo de 2014: La persecución de los cristianos no es un hecho que pertenece al pasado, a los albores del cristianismo. Es una triste realidad de nuestros días. Más aún, «hay más mártires hoy que en los primeros tiempos de la Iglesia». «Los discípulos, inmediatamente después de la venida del Espíritu Santo, comenzaron a predicar y comenzaron las persecuciones. Pedro fue a la cárcel, Esteban dio testimonio con la muerte, tal como Jesús, con testigos falsos. Y después hubo muchos otros testigos, hasta el día de hoy. La cruz está siempre en el camino cristiano».


El día de la gran manifestación.


Un rasgo característico de la espiritualidad litúrgica maronita es su centralidad en el misterio de la parusía. La segunda venida de Cristo irriga el ritmo y sentir del calendario litúrgico, y esto es así porque la manifestación gloriosa del Señor es el culmen de toda la obra salvadora de Dios. En efecto, la esperanza cristiana se dirige hacia la consumación de los tiempos porque en ella Cristo manifestará su gloria, entregará la creación renovada al Padre, y la pléyade de los santos glorificará a Dios eternamente. Por otro lado, la retribución de los justos según sus obras, es decir, la justicia divina que dará a cada quien lo que merece, impulsa al cristiano hacia la consecución del Reino de los Cielos, de la gloria eterna, de la felicidad plena y perenne. Así, impulsados por el Espíritu, el amor nos proyecta a la obtención del mismo amor.


Anhelamos el día del juicio universal, porque es el día de la justicia, donde el consuelo será grande, tan grande, que todo será amor inconmensurable. Esperamos el día terrible, porque de él todo será bondad, armonía, paz y habrá terminado todo dolor, tristeza, llano, desesperación. En efecto, la tradición lo ha llamado día terrible, porque ante la justicia divina nadie puede pensarse justo. Todos somos deudores al amor de Dios. Y es, justamente el amor de Dios el que nos justifica y salva.

Icono Maronita de la Ascensión del Señor. Encontrado en ©twitter en @maronitas_es
Icono Maronita de la Ascensión del Señor. Encontrado en ©twitter en @maronitas_es

Junto al misterio del juicio final, la Iglesia ha desarrollado a lo largo de los siglos las prácticas penitenciales. Ejemplo de ellos fueron los movimientos penitenciales de la edad media en tiempo de San Francisco de Asís. El cristiano sabe que habrá de presentarse ante el trono de Cristo y ante él ser juzgado. La magnificencia divina y la miseria humana habrán de tener su encuentro en ese terrible día. El ser humano no puede más que reconocerse pecador delante de la perfección absoluta del Todopoderoso. Por eso, la liturgia maronita constantemente en sus oraciones implora la misericordia de Dios. La espiritualidad maronita lleva al cristiano a postrarse ante el Señor en actitud humilde y penitente.


El ciclo de la Santa Cruz es el tiempo litúrgico dedicado especialmente a la celebración de la escatología, es decir, sobre la segunda venida de Cristo y los acontecimientos que preparan y acompañan este momento culmen de la historia de la salvación. En toda celebración litúrgica se hace presente en el hoy el misterio de Cristo. Es fácil pensar que el pasado se actualiza hoy en cada celebración, pero actualizar en el hoy al futuro puede resultar más complejo comprenderlo, y, sin embargo, es así. El misterio de salvación obrado por Jesucristo se hace presente hoy en su totalidad cada vez que celebramos los sagrados misterios, porque Jesucristo es ayer hoy y siempre.


En efecto, las oraciones de la Santa Misa que elevamos a Dios en este tiempo litúrgico glorificándolo, van encaminadas a que el cristiano vaya haciendo suyo el acontecimiento definitivo de salvación, incrementan la confianza en la victoria final y en la justicia divina. En este ciclo litúrgico contemplamos a los justos y mártires, que han luchado el buen combate recibiendo la palma de la victoria, y, con ello, dan gloria a Dios. Así, cada uno de nosotros es invitado a formar parte del coro de los santos que día y noche glorifica al Señor.


En este sentido, el ciclo de la Santa Cruz termina con la fiesta de Cristo Rey, el último domingo de octubre, cerrando el calendario litúrgico. El papa Pío XI en la encíclica Quas Primas del 11 de diciembre de 1925 estableció la fiesta de Cristo Rey, y con ella la Iglesia no solo aclama a Jesucristo como su Dios y Señor, sino también actualiza la llegada del Reino que, como germen, está presente aquí y ahora en la Iglesia. El reinado de Cristo ya está presente en este mundo.


Por otro lado, la Iglesia en México vive de manera especial esta celebración, por lo que la persecución religiosa y el grito de ¡Viva Cristo Rey y la Virgen de Guadalupe!, significa en su historia. La sangre de los mártires, en esta persecución, derramada como la del Cordero, nos confirma en la fe y alienta a vivir el misterio de la Cruz de Cristo de manera más viva. La sangre de los mártires confirma el aquí y ahora del Reino de Dios en medio de nosotros. La persecución religiosa mexicana y española de la primera mitad del siglo XX, fueron vectores para la institución de la fiesta de Cristo Rey, justamente porque se defendía la libertad religiosa, y con ello el reino de Cristo. Aquí vemos como el misterio de la Santa Cruz se hace presente y empata con la fiesta de Cristo Rey. La cruz de Cristo y su reinado van de la mano.


Conclusión


La Santa Cruz es el signo de la victoria final y definitiva de Cristo. En ella se realizó la obra de redención y es muestra perenne del amor de Dios a la humanidad. En la cruz de Cristo se entreteje el sufrimiento humano y el divino, y el mismo Dios va transformando los hilos de ese tejido en alivio, consuelo, paz: en definitiva, en victoria.


En efecto, todos los acontecimientos de la historia humana llenos de bien y mal, dolor y gozo, pecado y gracia, se encaminan hacia el momento de la segunda venida de Cristo, allí el Señor destruirá el mal para que reine el bien, haciendo justicia ante la tragedia humana.

El ciclo de la Sata Cruz es el tiempo litúrgico de la esperanza, y en la esperanza hemos sido salvados (Rm. 8,24).


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[1] Cfr. Leccionario maronita en español. Según la versión de Bkerke 2004. Presentación. iCharbel.editorial 2014.

[2] Dies Domini. Carta Apostólica Día del Señor, n. 26. Juan Pablo II. 31 de mayo 1981.

[3] Dies Domini. Carta Apostólica Día del Señor, n. 18. Juan Pablo II. 31 de mayo 1981.

[4] Dies Domini. Carta Apostólica Día del Señor, n. 76. Juan Pablo II. 31 de mayo 1981.

[5] Cfr. Rm. 3.9-10. Col. 3. 5-11. 2Cor. 5.17.

[6] Salvifici doloris. El valor salvífico del dolor. Juan Pablo II 11 de febrero de 1984.

[7] Cfr.Prov.17, 3. 1 Pe. 1,7.

[8] Cfr. Gn. 2, 16.

[9] En maronitas.org



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