El alma de la resistencia

Actualizado: 11 ene

«Nuestros mayores han luchado demasiado tiempo para que nos rindamos hoy. Hemos regado demasiado esta montaña con nuestra sangre, con nuestros monasterios, escuelas, aldeas, campanarios, cultivos en terrazas, calvarios y cabañas de paja»: Amine Iskandar

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Crédito de la imagen: IciBeyrouth

Por: Dr. Amine Jules Iskandar

Syriac Maronite Union-Tur Levnon

Asociado de maronitas.org

Escrito para Ici Beyrouth


Un país que ha tardado tantos siglos en construirse no puede desaparecer. A no ser que se trate de un suicidio colectivo, de una emigración frenética, del hartazgo de una generación que no conoce su historia y no tiene idea de lo que abandona. ¿Se está suicidando nuestra civilización, como diría Arnold Toynbee? El Líbano no surgió por casualidad. Tardó siglos en establecerse en esta región hostil. Algunos no quieren saber nada más de esta historia y sólo creen en el exilio a tierras mejores. Otros están cansados de la fe y la religión sin entender que en realidad se trata de culturas, pertenencias y valores.


Para algunos elitistas globalistas, se trata de reconstruir el Líbano sobre nuevas bases según el principio del borrón y cuenta nueva. Entonces se persigue el laicismo a ultranza, sacrificando los pilares que han demostrado su eficacia a lo largo de los siglos. Pero, ¿se puede confrontar con un ideal poético y laico, un monstruo totalitario y ultrarreligioso llevado por una histeria ideológica? En el pasado se han combatido plagas similares de invasores, en varias ocasiones, y siempre fueron derrotadas por las instituciones a las que todavía nos aferramos. Porque hay realidad y hay idealismo. Esta última consiste en querer desafiar a la milicia religiosa terrorista con consignas progresistas, y desafiar la ocupación como se haría frente a un problema de corrupción administrativa. La corrupción requiere una revolución, es cierto, pero la ocupación requiere una liberación.


Nuestros mayores han luchado durante largo tiempo como para permitirnos el lujo de rendirnos hoy. Hemos regado demasiado esta montaña con nuestra sangre, con nuestros monasterios, escuelas, aldeas, campanarios, cultivos en terrazas, hornos y cabañas de paja. Hemos superado el genocidio mameluco de 1285-1305, así como el de Kafno (la hambruna genocida de 1914-1918) y, por último, la guerra de los años 70 y 80, cuando tuvimos que enfrentarnos a mercenarios de todo el mundo. Y tenemos esta particularidad, que es también durante los siglos de ocupación que seguimos esculpiendo nuestra montaña y desarrollando nuestros establecimientos culturales que el Oriente Medio nos envidia.


La resistencia es un deber y debe desarrollarse en varios niveles, incluyendo la microeconomía, la energía y las infraestructuras a nivel municipal, las instituciones educativas y el sector sanitario. Un aspecto crucial es también el de las estructuras milenarias como la Iglesia y sus numerosas instituciones, que deben seguir desarrollándose y readaptándose. Junto a todo esto, existe también una resistencia cultural e incluso espiritual, que ya ha demostrado su valor en el pasado, como en Francia y Polonia. Esta dimensión nos inspira especialmente porque parece formar el alma de la resistencia.


Francia


Mientras la voz de la resistencia en el exilio resuena en Ici Londres (i.e.: «esto es Londres»), es en territorio francés donde el jesuita Pierre Chaillet publica clandestinamente los Cahiers du Témoignage Chrétien (i.e.: «Cuadernos de Testimonio Cristiano»), el primero de los cuales se titula France, prends garde de perdre ton âme. (i.e.: «Francia, cuidado con perder el alma»). Porque es el alma de una nación lo primero que ataca un enemigo totalitario. Busca destruirla, lo que hace que la resistencia cultural sea tan esencial como su versión militar. Unos meses antes, el pastor André Trocmé clamaba: «Se van a ejercer formidables presiones paganas sobre nosotros y nuestras familias, en un intento de arrastrarnos a una sumisión pasiva a la ideología totalitaria (...) El deber de los cristianos es oponerse a la violencia ejercida sobre su conciencia con las armas del Espíritu». Por lo tanto, es hora de escribir, publicar y denunciar, desde aquí, aquí en Beirut, en el territorio nacional ocupado.


Polonia


El caso de Polonia es aún más llamativo y similar al nuestro. Unificado como el Líbano en 1919-1920, este país fue ocupado por los nazis en 1939. Sufrió numerosos crímenes de guerra que le costaron hasta cinco millones de muertos. Los polacos lucharon duramente, soportando las más terribles represalias, para encontrarse simultáneamente liberados de los nazis y ocupados por la Unión Soviética. El Líbano no es ni mucho menos el único país que pasa de una ocupación a otra. Y esto no debe ser en ningún caso un pretexto para abandonarlo. Fueron la cultura y la fe nacionales las que salvaron a la Polonia católica de las ideologías más ateas, totalitarias e inhumanas, desde la extrema derecha nazi hasta la extrema izquierda marxista.


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Monseñor Karol Wojtyla, futuro Papa Juan Pablo II. Foto AFP, recuperada de Ici Beyrotuh

En 1920, Karol Wojtyla nació al mismo tiempo que una Polonia independiente y unificada. A los 19 años fue testigo del bombardeo nazi de Cracovia y de la deportación de 300 jóvenes universitarios. Tras escapar de la detención, trabajó en un lugar y otro como obrero en una fábrica y preparó la resistencia cultural. En 1948, su país se hizo estalinista y fue elegido como lugar para la construcción de Nowa Huta, la ciudad sin iglesia, símbolo y manifiesto del comunismo.


Karol Wojtyla se enfrentó allí al totalitarismo durante otros 30 años, dando misas al aire libre en pleno invierno a miles de creyentes en esta gélida ciudad. En 1977, obtuvo su primera victoria al inaugurar la nueva iglesia y declarar: «Nowa Huta fue concebida como una ciudad sin Dios. Pero la voluntad de Dios prevaleció. Que esto sirva de lección». Un año más tarde fue elegido Papa y acabó derribando el Telón de Acero y con él todo el bloque soviético. «Es Dios quien ha vencido en Oriente», dijo ante miles de peregrinos.


Muchos libaneses ya han colocado una cruz al Líbano y han optado por marcharse. Nadie puede devolverles la fe. Este es un viaje puramente personal. Pero la resistencia debe continuar a pesar de todo. Allí donde ciertos sueños revolucionarios, ciertas teorías, ciertas luchas han quedado obsoletas, donde el futuro encierra inmensas zonas de sombras e incertidumbres, la experiencia nos demuestra que frente al terror y al totalitarismo, la Iglesia siempre vence al final.

 

Leer el artículo en francés (texto original): L’âme de la résistance

Leer el artículo en inglés: The soul of resistance

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