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Patronímicos del Monte Líbano

Actualizado: 26 dic 2022

Las historias reales de las familias libanesas se mencionan de forma sucinta o detallada en antiguos manuscritos. Pero al estar escritas en caracteres siríacos, resultaron indescifrables para los libaneses del siglo XX. Con el tiempo y la aculturación, se desarrollaron teorías carentes de toda base científica.

#san_charbel

Por: Dr. Amine Jules Iskandar

Syriac Maronite Union-Tur Levnon

Asociado de maronitas.org

Escrito para Ici Beyrouth

Publicado el 28 de noviembre de 2022


En un artículo anterior, enumeramos los diferentes grupos de antropónimos relacionados con el Monte Líbano. Un primer grupo se refiere a las terminaciones en «El», referidas a Dios en fenicio, como Miguel, Gabriel, Chárbel o Daniel. Un segundo grupo es el de los nombres siríacos de origen griego terminados en «Os», como Andraos, Kiryllos, Marcos o Ignatios. Por último, hay nombres sin sufijos particulares, pero cuya identidad siríaca se revela por su significado, como Yammine (el justo), Ferzle (trabajador del hierro), Chalhoub (flama), Qordahi (trabajador del metal) o Keyrouz (predicador).


#Douaihy
Patriarca Esteban Douaihy

Nombres en árabe


Con el periodo mameluco, que encarna el primer genocidio en el Líbano, los nombres árabes entraron en la sociedad y se transformaron posteriormente en patronímicos cuando las familias se separaron en diferentes ramas. El patriarca Esteban Douaihy cuenta que los cristianos, traumatizados por los asesinatos perpetrados por los mamelucos, comenzaron a poner a sus hijos nombres árabes con la esperanza de mantenerlos fuera de peligro.


Como señaló Amin Maalouf en Le rocher de Tanios (La roca de Tanios), esta costumbre se desarrolló principalmente en los círculos elitistas, mientras que el campesinado seguía siendo fiel a los nombres de los doce apóstoles, santos y profetas del Antiguo Testamento. Qoriaqos, Kiryllos, Antonios, pero también Daniel, Elychaa (Elíseo) o Achaaya (Isaías), se hicieron característicos del pueblo llano, mientras que la nobleza se decantó cada vez más por los nombres árabes. Este fenómeno se acentuó en el siglo XIX cuando los príncipes Chehab, al convertirse al cristianismo, optaron por mantener el repertorio familiar anterior. El nombre árabe se convirtió así en sinónimo de nobleza.


El título de jeque


Con el fin de la opresión mameluca y el comienzo del periodo otomano en 1516, los cristianos pudieron volver a desplegarse en las regiones del sur y reconstruir sus pueblos devastados. Por ello, los otomanos no buscaban un gobierno directo, sino que empleaban a familias locales que servían de intermediarios para la recaudación de impuestos. Estas familias recibían inmediatamente el título de «jeque», aunque fueran cristianas.


Con el tiempo, la nobleza así creada trató de legitimar sus títulos, en este caso el de jeque, intentando recurrir a las fuentes árabes. Así, varias familias, entre ellas los Khazen, Gemayel, Hachem, Dahdah, Assaf, etc., inventaron orígenes que se remontan a veces a la tribu del Profeta del Islam. Para tener una idea concreta de este curioso fenómeno de falsificación, tomamos como ejemplo el caso de la familia Hashem de Aqoura.


#maronitas
Texto manuscrito garshuni del Patriarca Esteban Douaihy.

La falsificación de la historia


Algunas versiones infundadas hacen que se remonte a la tribu del profeta, o a Hashem al-Ajamy, a quien el emir turco Mansur Assaf había confiado el gobierno del país de Jbeil. Sin embargo, los patriarcas maronitas nos cuentan algo muy diferente en sus crónicas. El patriarca Pablo Massad menciona al diácono Tomás del Monte Líbano como antepasado de esta familia.


Por miedo a los mamelucos, cuenta el patriarca Esteban Douaihy, el diácono Tomás eligió nombres árabes para sus hijos. Los llamó Ayoub y Fadoul. El patriarca cuenta que, en 1534, estos dos hermanos se instalaron en el monasterio de Mar Adna, sede episcopal de Ain-Qoura (Aqoura). Al haber gestionado bien los asuntos de la aldea, el delegado del wali de Damasco les concedió el título de jeques. Ayoub tuvo entonces tres hijos a los que llamó Hashem, Daher y Raad. Hashem se convirtió en el jefe de la familia, que acabó llevando su nombre con el título de jeque. Los miembros de esta familia son, por tanto, descendientes del diácono Tomás y nunca habían llevado el nombre antes del siglo XVI.


Historias modestas

Otro ejemplo sería el de los Abillama, que, según Fouad Ephrem Boustany, no fueron en absoluto introducidos en el Líbano. Sospecha que se trata de una familia local de fe siríaca jacobita que se pasó a la religión drusa y luego volvió al cristianismo siríaco, pero en su versión maronita esta vez, ya que mientras tanto la Iglesia jacobita ya no existía en el Líbano.


Los relatos atestiguados en los manuscritos siríacos o garshuni son todos similares. Devuelven constantemente las legendarias epopeyas de los supuestamente gloriosos jinetes del desierto a una verdad mucho más rudimentaria, modesta y humilde. Las crónicas de los patriarcas, los obispos o los monjes nos devuelven inevitablemente a la simple realidad de los montañeses de a pie que, por diversas razones, se vieron dotados de títulos de nobleza


#MonteLibano
Un habitante del Monte Líbano.

Aculturación


Con el paso del tiempo y la aculturación de la historia y la lengua siríacas, se desarrollaron teorías que no tenían base científica. Las verdaderas historias de estas familias se mencionan de forma sucinta o detallada en antiguos manuscritos. Pero, al estar escritas en siríaco o garshuni, resultaron indescifrables para los libaneses del siglo XX. También fue precisamente en esa época cuando se desarrolló la ideología arabista, que estaba en boga en ciertos círculos, incluido el de la Universidad Americana de Beirut, con el historiador Kamal Salibi en particular. El desconocimiento de la lengua de los antepasados hizo que las fuentes históricas fueran inaccesibles, dando rienda suelta a múltiples teorías, y produciendo una tabula rasa que podía dar cabida a todo tipo de ideologías.


Fue José Stalin quien comprendió el alcance de las posibilidades políticas que podía ofrecer el fenómeno de la aculturación. Y como este proceso comienza siempre con la supresión de la lengua, ya en 1936 emprendió una reforma de las lenguas habladas en la Unión Soviética, imponiéndoles el alfabeto cirílico. Luego, el 13 de marzo de 1938, dio un giro de 180 grados al decretar el aprendizaje obligatorio de la lengua rusa en todos los estados federales. Estas reformas fueron acompañadas de la supresión física de los intelectuales.


Antes de llegar a la lengua, fue la imposición del alfabeto cirílico lo que Stalin vio como el paso fatal y esencial en el proceso de borrado cultural y, por tanto, de eliminación de la conciencia de identidad. Se dio cuenta de que las lenguas locales nunca desaparecerían de los hogares. Pero ¿de qué les serviría el dominio de la palabra si ya no pudieran descifrar su escritura? Así, las poblaciones subyugadas, ignorando su alfabeto, ya no tendrían acceso a su historia.


El garshuni en el que se conserva nuestra historia no es otro que el árabe o incluso el libanés escrito en caracteres siríacos que las escuelas ya no enseñan. Así pues, este garshuni arrastra la historia, la escritura y la cultura a su profundo abismo amnésico. Lo que se pensó y planificó en la URSS ha sucedido de forma inconsciente, pero segura e inevitable en el Líbano.

 

Para leer el texto original en francés: Patronymes du Mont-Liban


Para leer el texto en inglés: Patronyms of Mount Lebanon



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